Son las 10:47 de este miércoles 26 de marzo y me acabo de enterar de la muerte del pibe que agonizaba, luego que un grupo de vecinos lo molieran a palos tras el intento de robo, hace unos días, a una joven mujer que paseaba con su bebé en barrio Azcuenaga. Intento buscar la paz en los plátanos que encuentran en el ocre otoñal baigorriense un respiro tras el bochorno del verano pasado. No quiero que lo que exponga lastime para siempre ciertos criterios a seguir por este periodista, pero será imposible.
Ante de todo, no puedo comprender al fascista que celebró la golpiza. Esos que por las redes sociales dejan libre al “hijo de puta” que peca con su ignorancia los motivos de esta masacre a la que asistimos todos los días. No justifico en absoluto al que va de caño a robar un par de zapatillas, pero entiendo que ese pibe no es el responsable de lo que ocurre. Los que se regodean festejando ahora el asesinato del adolescente pobre nunca comprendieron lo que realmente vinieron a instaurar las dictaduras en esta parte del mundo. Es no entender que el neoliberalismo dejó sin laburo, sin esperanza, sin dignidad, sin horizontes a los que siempre perdieron. Y les puedo asegurar que nosotros no somos los que ganamos.
Lamentablemente, esta muerte, como cada muerte en hechos sociales; esas balaceras perdidas en barrios perdidos de cornurbanos populares; las almas desbordadas de los mocosos que sólo ven el mañana con el paco, nos evidencia la terrible derrota cultural que padecemos los argentinos. Fracaso vigente a pesar de todos los avances que hemos logrado.
Imagino las marchas pidiendo seguridad. Digo imagino porque no he participado ni participaré en ninguna de ellas. Imagino a las señoronas ganadas por el terrible multimedio cómplice, que ya ha enrejado hasta el parrillero. O esos que convocando al último mitin aquí en Baigorria, pidiendo mano dura y más policías, pusieron la foto en facebook de un muchacho flaco, desgarbado y mugriento solicitando una caridad al limpiar el vidrio de algún auto, con una leyenda que decía algo como “a veces laburan, otras te afanan”. Puedo dilucidar a los derechosos que a lo “Telma y Nancy” denuncian a la “Yegua Presidencial” por darle planes en vez de mandarlos a trabajar.
También puedo ver a los beatos, los que se hincan para rezar o para hacer felatios a los poderosos, o a los almaceneros que le deben la cuenta del mes. Ellos que hablan del amor, que lloran por el Papa actual o al anterior, practican varios pecados capitales.
En fin, otro pibe murió. Las causas son las de siempre. Es una guerra entre nosotros. Nunca vi a estos que hacen movilizaciones pidiendo seguridad denunciar a los verdaderos asesinos del sistema. Todo lo contrario, los defienden… se creen empresarios, sojeros terratenientes o comerciantes si estos los invita al reparto de lo que sobra y ya no usa… son tan patéticos que a días de la temible paliza al pibe de 18 años, ahora muerto, ninguno de estos paladines se presentó a la justicia para decir… “acá estoy, fui yo”… o sea además de fachos son unos pusilánimes…
Cómo se cierra estas palabras con optimismo. Es absurdo pensarlo. Nada alcanza… tal vez vale recordar a esas Madres y Abuelas que ante tanto dolor sin repuestas, solas y locas jamás pensaron en la venganza en manos propias.
Nos falta tanto para ser realmente libres, identificar al verdadero enemigo y desde allí buscar la igualdad. Mientras tantos, puteemos, carajeemos, insultemos los cielos, los infiernos, pero no nos derrumbemos, porque sabemos que el camino es uno sólo, difícil pero único. Sino, habremos sido una huella en el universo, una historieta en ningún tiempo contada, triste, oscura, detenida en un territorio donde el odio habría ganado la partida.






