Desde afuera del Club Mar del Plata se escuchan los golpes secos se que dan a los sacos. También se oyen gritos que acompañan los puñetazos a los costales que cuelgan desde el techo. El barrio rosarino donde está el lugar de entrenamiento, a unas cuadras de la cooperativa láctea Cotar, es de casas bajas y clase media. Allí los jefes de familia aún sostienen la costumbre de lavar los autos a la tarde, compartir un mate entre vecinos y comentar algún suceso que sólo les concierne a ellos. Lo que poco sabe el vecindario es que en el club de ahí cerca no sólo hombre sudorosos practican box, sino que la única mujer que entrena es la bicampeona del mundo de boxeo femenino.
Victoria Noelia Bustos, la Leona, es una más entre los hombres que la respetan con una admiración que emociona. Es el ejemplo a seguir por ellos, tanto para la muchachada amateur que entrena tarde tras tarde, como los profesionales que sueñan con sus logros deportivos.
Vicky hace sus rutinas. Golpea con una fuerza implacable la bolsa, que parece estar incólume ante los azotes de la joven. Recorre, con la guardia firme, lanzando golpeas al vacío, una cuerda que tiende entre los límites del gimnasio. Vuelve a la bolsa colgante. Una y otra vez. Sólo se detiene cuando Rolo, su preparador, en medio de otros púgiles con rutinas similares, vocea “tiempo”. Allí Victoria se sienta en una sillita, respira honda y se hidrata bajo la asistencia de Rolo, quien le da de beber y le seca la cara, con una toalla blanca, con un gesto paternal.
Cuando todo se detiene, y la calma invade el amplio edificio del Mar del Plata, Vicky se saca los guantes. Es increíble ver sus manos, cuidadas y pequeñas, que hasta hace unos minutos castigaba una sufrida bolsa de arena. Esas manos de uñas largas, prolijamente pintadas de rosa, con dibujitos de flores, son las de una bicampeona planetaria, en las categorías súper ligero y ligero en la Federación Internacional de Box (FIB).
Recién allí se la puede ver más pequeña a la que hace instantes parecía gigante. Se acerca al periodista que le realizará la nota y se ve que a pesar del arduo ejercicio, luego de hacer guantes y correr en una cinta, Victoria está perfecta. Su rostro, blanco y de rasgos gitanescos, está maquillado y delineado. Todo en ella luce natural y hermoso, salvo por un labio levemente roto, a costa del entrenamiento y no poder haber esquivado un golpe.
Ella no parece la tan mentada leona. O quizás sí, pero con códigos inalterables. “Yo siempre les digo a las chicas que aunque el boxeo sea rudo, no dejamos de ser mujeres”, dice mientras se acomoda en un banco del patio del club donde será la entrevista para el portal El Urbano Digital y sus redes sociales. Pero a su vez agrega: “Jamás tuve un problema con los hombre. Ya no hay una barrera hombre – mujer. Todos somos iguales, con un fin en común que es el deporte”.
Aunque su inicio en el mundo de los puños fue tarde, hoy Vicky, a sus 30 años, y más de 10 de carrera, es una de las glorias deportivas femenina del país en su rubro. Hace unos meses con unos ahorros, gracias a viejos combates y trabajos de moza, se pudo comprar, junto a su madre, una casita fiscal en Baigorria, en cercanía del Río Paraná. “Muchos creen que al ser campeona del mundo he ganado dinero. Pero no es así”, comenta y lleva toda la razón porque en el box, aunque las mujeres cada vez pesan más fuerte, la lucha es muy despareja entre los géneros. “Nosotras ganamos sólo el 1% de lo que gana un hombre en una pelea”, afirma al comentar su vida laboral, que se mezcla entre empleos precarizados y horas de gimnasio.
Su primer técnico fue Tito Insúa, prócer en el boxeo rosarino. Un día, sin saber que su padre y sus tíos habían sido boxeadores, se fue a entrenar a un gimnasio, luego de ver un aviso en un volante en el súpermercado que laburaba. Tenía 19 años. Allí Tito le dijo que no entrenaba mujeres, y ella, con esa sonrisa que lo anticipaba todo, le contestó: “Es un error sabés, te vas a arrepentir, porque voy hacer campeona del mundo”.
Su carrera fue vertiginosa. Su etapa amateur fue tan exitosa que rápidamente pasó al profesionalismo. “A mí quinta pelea profesional ya estaba disputando un título mundial, contra Érica Farías. Desde ahí cambié de entrenador y logré ser campeona del mundo”, dijo.
En abril del 18' perdió contra la irlandesa Katie Taylor, unificando coronas, en Brooklyn. La pelea fue dura, y según dicen, fue su mejor combate. “Se perdió pero logramos pelear en Estados Unidos y que me vean allá”, manifestó al medio de Baigorria.
“Muchas veces se hace muy difícil. Yo trabajaba en un servicio de catering 12 horas y luego venía a entrenar. Así se complica prepararse para una pelea por un título mundial”, cuenta Victoria, quien hace unos meses sólo se entrena, en tres turnos, esperando una pelea que la puede elevar aún más en la cima. El próximo 9 de noviembre Bustos se enfrentará a la pentacampeona en la categoría welter, la noruega Cecilia Braekhus, “la Primera Dama”, considerada la mejor boxeadora del mundo. La pelea será televisada por TyC Sport y, al cierre de esta edición, todavía no estaba definida la sede del evento, si en Europa o Estados Unidos.
“Decidí no trabajar y vivir de unos ahorros, porque lo que se viene es muy importante para mí carrera”, asegura. En sí, la Leona suele hacer unos trabajos de pintura con su hermano, para poder engrosar sus ingresos, pero está abocada a ese desafío que la pondrá en la pantalla internacional del boxeo femenino, una vez más.
En Victoria todo es esfuerzo y trabajo. Ilumina con su risa y conmueve con su compromiso. La tarde ya es tardecita. El sol se ha ido y todo recuerda que el invierno sigue a pleno en ese agosto rosarino. La joven, que ya ha elegido a Granadero Baigorria como su hogar para el futuro, y el presente, no cesa en su meta. Triunfar y construir un provenir para ella y los suyos. “No tengo pensado si alguna vez entrenaré a otras boxeadoras. Sólo quiero permanecer en el recuerdo de la gente el día de mañana. Que digan que hice algo para este deporte, que es para mí el más hermoso de todos”, arremete Vicky.
La piba de ojos color miel se despide con la misma frescura que inició la nota. Atrás quedaron, por un rato, las arduas rutinas y ejercicios. Saluda a sus compañeros, les desea buenas noches y augurios. De a poco el Mar del Plata se apaga, pero aún retumba la energía derramada. Sólo allí, con una melodía musical que deja una radio encendida, Vicky se aquieta. Muy dentro de ella sabe del paso que está por dar el 9 de noviembre, de las horas de gimnasio y sacrificios.
Su valor y su destino no parece estar en juego, más allá de triunfos o derrotas. Lo único que hará falta, ese sábado de boxeo y gloria, es que una ciudad, su ciudad, esté pendiente de la mujer que está entrando a la historia deportiva y local desde la dignidad y la nobleza.








