Albano Pereira no quiso ser conde. Su familia, ancestral y monárquica del Imperio Portugués, poco le importó. Ni siquiera su destino aristocrático, de lujos y dinero. No fue una decisión deliberada, ni mucho menos. Juntó recursos, compró un barco, un circo de animales y empezó a girar con su espectáculo por Europa, primero, y América después.
La oveja negra de la familia, emigró desde Francia a Brasil a mediados del siglo XIX, iniciando junto a su esposa, un hermosa parisina destacada en las artes ecuestres, un linaje circense que llega hasta la sexta generación de artistas que han circundado el globo con arte y destrezas.

Raúl Chango Gómez supo desde niño su camino inevitable. Como lo fue su bisabuelo, su abuelo, su padre; y lo son sus hijos y nietos. Cirqueros. Gente de circo. Artistas ambulantes. Ilusionistas sin remitentes. Seres de mundo, sin más límites que el que le da su talento. Ese hombre, de grandes bigotes blancos, de voz cavernosa y cadenciosa, de claros recuerdos y conceptos, dirige el Circo Burlesk, que estuvo en Baigorria durante los meses de abril y mayo, en el acceso Sur. En él hay una vida circense, desde siempre, aún hoy a sus casi 70 años.
“En el 57, o el 58, estuvimos con el circo de los Hermanos Videla aquí, en Granadero Baigorria. Armamos en una esquina cerca del centro de la ciudad”, recuerda Chango quien durante décadas fue acróbata, junto su padre, Apolonio Gómez, y tíos, de por lo menos una decena de circos. Las carpas se instalaban en la intersección de Orsetti y San Martín, por eso se intuye que ese circo, que lo tuvo como parte de la troupe, se erigió allí, hace 60 años atrás.
Sentado en medio de la gran estructura del Burlesk, una carpa construida en Brasil con capacidad para 500 espectadores, en un sábado húmedo de mayo, en un descanso que no lo es, porque todos los que a la noche interpretaron roles y papeles ahora no paran de acomodar las botellas de gaseosas en heladeras, barrer el predio, reubicar sillas, mientras se ríen de complicidades propias y ajenas, denotando que el show debe seguir más allá de las luces, el Chango se altiva al afirmar: “Acá todos trabajamos, tanto en el escenario como en la carpa. Somos una gran familia”.
Y es tan cierto lo dicho que el más chico de todos, Raúl Gómez, nieto del Chango, de mismo nombre del abuelo, chozno el Albano, el conde no quiso ser, también a sus 7 años participa de las funciones. “Yo hago el rol, mí hermana me ayuda”, dice el niño pícaro y rápido en su audaz bicicleta que tiene preparada para jugar a que es una estrella circense. Él y su hermana, una niña espigada de 11 años, de rizos rubios y cara trigueña, como su abuelo, son también artistas del Burlesk. Ella hace telas y va por los pasos de sus ancestros trapecistas y acróbatas.
Los niños fueron, en esas breves semanas en Baigorria, a la escuela 550, como parte de la rutina educativa. “La vida de un chico en el circo es así. Hoy está en ésta escuela, mañana en otra. Así ganan experiencia, amigos y conocimientos”, dice Chango Gómez a El Urbano. El niño que se cría en un circo es distinto al que se forma en una ciudad. Lo nómade lo marca a fuego. “Imaginate que un chico a los 12 años pudo haber recorrido países y continentes con el circo. Yo tengo hijos argentinos y brasileros. Nietos y sobrinos que hoy están por el mundo. Por Japón, en Las Vegas, en Australia, en Europa, en México, en Brasil”, recuerda con datos precisos. Un nieto de Chango es ingeniero en sistema y vive en Río de Janeiro. Cada vez que puede, y se toma vacaciones, se suma al Burlesk para despuntar el vicio de acróbata. Otro nieto, Rodrigo Gómez, triunfa en Alemania y en meses estará firmando un contrato para sumarse a un circo internacional radicado en Francia, y mostrar allí el arte que aprendió junto a su abuelo.
“Venimos de hacer dos meses en Funes. Antes estuvimos en Pérez, y antes en Roldán. De acá nos vamos para Capitán Bermúdez, después a Fray Luis Beltrán y a San Lorenzo. Así es nuestra vida. Armamos un gira y la hacemos”, dijo Gómez justo cuando faltaba una semana más de funciones en Baigorria. Ahora esa vida trashumante no limita a los cirqueros tener una vivienda. “Yo tengo mí casa en Lanús, Buenos Aires. Mis hijas, las actuales responsables del Burlesk, también tienen sus casas. Aunque estemos dando vuelta en el circo no significa que los que hacemos esto no tengamos nuestro hogar”, sostuvo. Y aunque suene extraño esto es así. Tal vez porque gran parte de las giras son proyectadas en la provincia de Buenos Aires, o quizás como un lugar de retiro, cuando las luces de los escenarios comiencen a apagarse.
Asimismo el circo es una gran comunidad. Un lugar donde, además de tener mucho parentesco sanguíneo y familiar, los que actúan y trabajan allí se cuidan entre sí. El gran predio donde se levantó la carpa, de rayas blancas y violeta, estuvo rodeado de carromatos, ordenados y limpios. Hay respeto y normas que vienen de antes, de mucho antes. Desde siglos atrás cuando los juglares comenzaron a andar por los pueblos cantando noticias, o cuando los artistas callejeros aunaron fuerzas y empezaron a mostrarse en grupo. “Mí casa es aquella. Donde está la perrita”, dice señalando a un motorhome, que se puede ver porque la carpa tiene levando en todo su perímetro un metro y medio de lona. Allí hay una vivienda motorizada bien pintada, con cerca y flores, una antena de televisión satelital y una perra perezosa durmiendo su siesta matinal. Todo el espacio es así, armonioso y cuidado, casillas rodantes alineadas con una prolijidad que asombra, porque al final ese es su hogar ahora, muy parecido al que montarán en Bermúdez, en el ferrocarril, la semana entrante, o en otro pueblo en unos meses por venir.
En el país hay 60 circos como el Burlesk. Ya no son como en los tiempos donde los espectáculo se dividían en dos en partes, donde se hacían primero circo y luego teatro criollo. O cuando los animales eran parte de la atracción. Pero igualmente hay un atractivo particular allí, sino es imposible entender que 20 años después del último circo que estuvo en Baigorria, que se levanto cerca de éste, el Burlesk haya suscitado tanta algarabía y expectativas. “Tenemos un espectáculo que está a nivel de cualquiera. Es muy bueno lo que hacemos en escena”, comentó Chango, que además de los artistas del mismo se ha sumado a la troupe, el pasado veranos, el dúo cómico “Tito y Pelusa”.
Durante tres semanas la ciudad volvió a vivir algo que nunca estuvo olvidado. El talento y la alegría tomaron el poder por unas cuantas noches y tardecitas baigorrienses, con la consigna de ser felices, aunque sea por un ratito. El Burlesk siguió su destino errante, de pueblo en pueblo, de provincia en provincia, de país en país, con la promesa de volver, alguna vez, a Granadero Baigorria, donde otro periodista, en otro medio aún no creado, volverá a contar que la risa, la maravilla y la belleza es algo tan colectivo y posible, como la igualdad y la solidaridad.






