Un pibe flaco, espigado y atento recibe los carros dantescos. El jovencito está prolijo, su ropa está limpia, su pelo ordenado, se lo ve educado y amable. Él sólo marca, desde su mirada tierna, el destino del cortejo, a través de una huella perdida entre los pajonales. Es Eduardo Orsetti, el hijo mayor de Giovanni Orsetti y Teresa Fillippini, los primeros puesteros del paraje donde están radicados, desde hace tres años, en medio de la nada. Un lugar que está destinado por el futuro colectivo, e intereses inmobiliarios, en convertirse en pueblo a pocos años de esa instantánea de pasado.
Es 1887 y Eduardo sobre el camino a San Lorenzo, lo que conocemos como Avenida San Martín, justo a la altura de la calle que hoy lleva su apellido, indica al acompañamiento, con banderines de lienzo atado en varillas de ramas flacas, dónde doblar hacia el oeste. A mitad del sendero, barroso y salvaje, otro niño, más chico de edad, pero con tanta pulcritud como el anterior, retoma la misión de su hermano, avisando que el tramo es aún más lejano e inhóspito. Más al oeste. Indalecio recordará esas tardes, años después ya siendo el primer presidente comunal del pueblo, que por entonces ni pueblo era, como un juego, donde él rumbeaba a los carromatos llenos de cuerpos sin vida al osario que su padre había abierto al final del camino. Ese mismo hombre, de bigotes engomados, de camisa de cuello alto y corbatín, habrá de contar siempre que ese fue el inicio del cementerio que hizo de bisagra económica para Paganini durante años.
Don Lisandro había ordenado a su encargado cavar una fosa profunda al final de sus dominios, al oeste, a dos kilómetros de la estación de trenes y de los primeros caseríos. Paganini ya había empezado a trabajar en la realización de los planos del pueblo y estaba a la espera de la Ley de Colonias y Pueblos, que le iba a permitir hacer de sus campos, al norte de pueblo Alberdi, a la vera del camino a San Lorenzo y las vías férreas a Sunchales, un suculento negocio inmobiliario. Sabía a la perfección sobre el oficio de la venta y compra de tierras, no solamente por ser escribano, sino porque estaba inmerso en ese mundo desde hacía tiempo. Por eso apenas el gobierno provincial le pidió que abriera una cava para inhumar a las víctimas recientes de cólera, el terrateniente no dudó y envío a Giovanni a la fúnebre labor.
Rosario venía sufriendo epidemias a lo largo de tres décadas. Temerosos por las infecciones, inexplicables para muchos, se buscó un lugar retirado para sepultar los difuntos. Y uno de los destinos luctuosos fue Paganini.
En 1867 se declaró el primer brote de cólera en la zona. La culpa radicó en los gérmenes patógenos difundidos por efectos de la guerra del Paraguay. Otro lugar declarado como foco infeccioso fue la Laguna de Sánchez, actual Plaza Sarmiento. En sí, la población de la Villa del Rosario crecía, y con ella las enfermedades y las urgentes medidas de salubridad.
La datación de las primeras sepulturas, en la improvisada necrópolis, son difusas a través de los años, pero según dice Plácido Grela en su libro “El Espinillo”, editado en 1975, las primeras inhumaciones se realizaron en 1886, en el extremo oeste de los terrenos de Lisandro Paganini. El mismo Grela sostiene que el 29 de marzo de 1887, según dice la escritura 147, los lotes fueron donados por el escribano para sepultar no solamente a los enfermos endémicos, sino para el villorio paganinense que estaba creciendo.
Asimismo el proto cementerio siguió recibiendo víctimas de nuevos brotes epidémicos de cólera en 1887, 1894 y 1897. Un dato significante es que sólo en el primer caso costaron la vida de 1.166 rosarinos. Muchos de esos cuerpos fueron a la necrópolis local.
En “El Redentor” se sepultaron también a víctimas de difteria en 1891 y 1892, sarampión en 1892, fiebre tifoidea en 1893 y 94, y viruela en 1895.
Con el crecimiento de la población, no solamente de Paganini, el cementerio comenzó a convertirse en una magnifica caja recaudadora para la comuna de Alberdi, que logró el 25 de septiembre de 1894 la habilitación oficial del camposanto.
Recién el 5 de marzo de 1917, ya con la comuna de Paganini creada, el cementerio pasó a manos del Estado vernáculo. El 1º de enero de ese año el gobernador Rodolfo Lehmann promulgó la Ley autorizando la conformación de la Comisión de Fomento de pueblo Paganini, separándose así de Alberdi.
El destino, el peso de la historia, o la simple convicción heredada por Indalecio de su padre Giovanni, lo hizo encabezar el pedido de la creación de la comuna y luego ser el primer jefe municipal. El niño que marcó el rumbo de los carruajes al primitivo osario fue quien consiguió que el mismo pase a manos del ejecutivo de Paganini. No se sabe si fue éste uno de los motivos, pero meses después de esto la comisión de Alberdi se disolvió y el pueblo quedó dentro de la ciudad de Rosario como un barrio más.








