“Dónde estás. Yo ya estoy abajo”, dice el hombre de alta figura, espigado, elegante, similar a Don Quijana, previo a ser Don Quijote.
“Me perdí. Pero ya sé cuál es el edificio. Llego en 5”, responde el periodista, que suele tener un manual de éxitos en extravíos y desorientaciones cardinales.
Allí en la puerta de una de las torres Dolfín, en lo que fuera barrio Refinería, está el gigante. Amable, de voz afinada y barítona. Aunque la media tarde rosarina pasa holgadamente los 25 grados de temperatura, el anfitrión luce una camisa a cuadros gris azulada de mangas largas, abrochada hasta el penúltimo botón, un baquero azul oscuro e inmensos zapatos de gamuza negros, esos que se usan para vestir, calmar dolores articulatorios y viejas dolencias que deja el tiempo y epopeyas deportivas.
Edgardo “Patón” Bauza está distendido. Sabe que no va hablar de Rosario Central, por lo menos de la actualidad del equipo que dirige tácticamente, ni de su paso por la Selección Nacional, o de sus títulos y campeonatos. El tema es otro, convocado por éste medio y la transmedia “De Paganini a Baigorria” que se está desarrollando por los 130 años de la fundación de la ciudad que lo vio nacer, criar, jugar, soñar y ser el hombre de bien que hoy es.
“Mandale saludos a Guado García cuando lo veas”, es lo primero que recuerda y agrega: “Sé que anda por la zona de Nonos, Córdoba, pero ese es un baigorriense para valorar”. El Patón es primo hermano del intendente Maglia, es por eso que, previo a iniciar la filmación, Edgardo preguntará sobre la gestión municipal.
Los Bauza se radicaron en Baigorria cuando era aún Paganini. Su familia estaba integrada por él, su hermano mayor Daniel y sus padres. Su mamá, Gladis Pagliarolli, a quien le decían Ladi, fue enfermera en el Hospital Eva Perón, y su papá, Héctor Bauza, trabajó en la empresa Hanomag, que luego pasó a manos de Massey Ferguson. “En esa época todos éramos parientes entre sí. Un hermano de mi mamá estaba a cargo de la estación de trenes de Baigorria. Otro tío era encargado de la comuna cuando se asfaltaron las primeras calles, la Rivadavia y la Chacabuco, que era por donde vivíamos. Y mi abuelo, el papá de mi mamá, Víctor Pagliarolli, un tano al quise muchísimo, fue el capataz de la obra de asfalto”, rememora el Patón.
“Tuvimos una infancia hermosa. Jugábamos a la pelota todo el día, en las calles de tierra, donde los árboles hacían de arcos. O en el club Alumni, que quedaba a una cuadra de mí casa”, recuerda el actual técnico de Rosario Central, recientemente campeón de la copa Argentina. Sus éxitos futbolísticos no sólo se anidaron en las tardecitas baigorrienses de picados, karting a rulemanes en la plaza 9 de julio, o las jornadas interminables de escondidas, popas y cazas de mariposas. Hay un dato principal e irrefutable. Su padre era “Reparador de pelotas”. “Mi papá además de laburar en Hanomag hacía la changa de arreglar pelotas de fútbol. Él había trabajado en una fábrica de pelotas en Arroyito, Pelotas Portaneri, y sabía el oficio. Así que pelotas había de sobra en casa”, dice y su risa resuena en el hall de las torres donde se hace la entrevista.
No es difícil imaginarlo alto, espigado, último en la fila en el patio helado, en pleno julio, en la escuela 127. Toda su primaria la hizo allí, en la escuela de la plaza, en el barrio Centro donde pasó años de felicidad. “A los 13 años me fui a probar a la Ciudad Deportiva de Rosario Central. Y quedé”, dice. La idea de jugar al fútbol sólo se contemplaba en la casa de los Bauza si no dejaba los estudios.
“Con mi vieja no se podía pensar en abandonar el secundario”, asegura. Fue por eso que inició sus estudios en la Técnica de San Lorenzo, y cuando la competencia y relación con el deporte fue creciendo pasó a la noche a la escuela Vélez Sarsfield de Rosario. “Allí terminé los estudios secundarios”, manifiesta y desde allí se dedicó de lleno al fútbol, debutando a principio de 1978, cuando tenía 19 años, en la primera del equipo Canalla.
Para el Patón Baigorria siempre está presente, más allá que él mismo dice: “El fútbol me llevó por muchos lados”. “Viví en Baigorria durante mucho tiempo. Cuando me casé me mudé a una casa en barrio Paraíso. Y después volvía siempre a visitar a mis viejos. Hoy voy cuando puedo, a ver a los amigos de siempre, esos que pasamos grandes momentos en la niñez y la adolescencia”, repasa.
Edgardito, como lo nombraban los vecinos de aquel barrio pueblerino, o el Patón, como lo llaman en las canchas de fútbol y en el predio de vida, sigue teniendo esa frescura heredada de los plátanos que refrescaron sus tórridos veranos húmedos y baigorrienses. Parece conservar intacta la sonrisa del arrabal que, de manera cómplice, jugaba en las tardes hasta doblar el sol.
Allí anda él, sumando galardones y logros, esperando que el viento lo acaricié con un aire de felicidad, justo cuando el pasado vuelve en un recuerdo saliendo campeón con los pibes del pueblo en el club Alumni.








