Gustavo Corcho Juárez, el correcto cantante
El hombre espera en el bar que se había pautado. Puntual. Prolijo, de bigote bien afeitado, amable. De un hablar en perfecta articulación. Una envidia de locutores y cantantes que intentan la afinación.
La tarde de Baigorria está pastosa y luminosa, como suelen ser los finales de siestas en diciembre. Resulta extraño narrar que ese hombre de unos cincuenta y tantos, supo cantarles a multitudes cumbias y gaitas hasta hace unos 20 años. Que fue la voz de las más prestigiosas bandas cumbieras del sur santafesino. Que hoy, cuando conduce el auto oficial de la Policía provincial, llevando al jefe de la fuerza, todavía tararea “Sueña muchacha” de Los de Barbacena, justo cuando una remota radio pasa al aire la versión cantada por él cuando llenaba clubes y boliches bailables.
Gustavo Juárez es Corcho en San Fernando. Siempre lo fue, ya en aquellos años de niñez cuando con un amigo, que lo acompañaba con la guitarra, cantaba en los actos de la escuela del barrio. Allí nació su pasión por el canto, entre zambas y chacareras, de puro guapo y la visión de la profesora de música que encontró en él un don.
“Empecé a cantar en los actos escolares y después seguí en eventos familiares, entre amigos. Cantaba folclore. Después continué en las peñas. Iba por el ‘chori y la coca’”, recuerda Corcho rememorando sus comienzos. Pero siempre hay algo que modifica la vida, el rumbo de las cosas. Para Gustavo esa fue la noche en la Sociedad Italiana de Fray Luis Beltrán, cuando con 16 años fue a un baile y al grupo que estaba por actuar le falló el cantante. Fue cuando otro amigo se acercó al dueño de la banda y le dijo que había uno en el salón que podía reemplazar al vocalista. Aún no sabe cómo, pero esa noche fue probado, sin ensayo previo, con un enganchado de canciones de Los Palmeras, que él sabía de memoria.
Así fue que arrancó su carrera como cantor de cumbia entre 1981 y 1982. Ese grupo se llamaba Willy y sus Tropicales de la localidad de Luis Palacios, La Salada. Allí transitó 6 meses hasta que lo buscaron del Grupo Armonía de Capitán Bermúdez, y el panorama laboral cambió. Comenzaron a multiplicarse los shows, y con eso las oportunidades artísticas.
Cuatro años fueron los que formó parte del Grupo Armonía. Fueron muchos los escenarios que lo encontraron. “Por estar en bailes los integrantes de los grupos nos conocíamos entre nosotros. Entonces los que eran los músicos de Quique Alberto y Los Danas, deciden desvincularse de Quique Alberto y me convocan para que sea el cantante de un nuevo grupo en formación. Ese grupo fueron Los Solares”, comenta Corcho. “El nombre se me ocurre porque tenía un amigo en Carcarañá, que formó otro grupo llamado Los Soles Tropicales, y lo solía ir visitar. Una vez viajando en el colectivo para esa ciudad vi en Funes un barrio que llamaba Los Solares, entonces en un ensayo, donde además se tiraban nombres posibles de la banda, yo propuse ese y quedó”, sumó.
Con Los Solares su exposición fue superior. El conjunto tropical era uno de mayor cartel de Rosario y zona. “Eran Los Solares, Los de Barbacena, Los Lirios, Los Soles Tropicales, Los Quitapenas y, obviamente, Los Palmeras, los grupos de mayor convocatoria y difusión por esos años”, dice Corcho. En los cuatro años de presencia de Gustavo en Los Solares, la agrupación cumbiera rosarina impuso su estilo y nombre.
Ahora Corcho no dedicó su vida exclusivamente a la música. Para él cantar en grupos de cumbias fue una salida laboral y económica eficaz. “A diferencia del folclore que iba por gusto, con la cumbia me traía una moneda a casa”, relata. Es que Juárez siempre laburó en otros lugares, además de ser uno de los cantantes más referenciados del sur provincial de la movida tropical de los 80 y 90. “Yo trabajé 8 años en Duperial. Allí hacía turnos, así que terminaban las actuaciones a la 5 de la mañana y a veces me tomaba el cole y me iba a trabajar”, recuerda. “Actuábamos viernes, sábados y domingos, y había fines de semana que trabajaba, así que seguía de largo”.
En 1991 el neoliberalismo mostraba su cara perversa. En el Cordón Industrial del Gran Rosario empezaban los despidos masivos y Corcho se quedó sin trabajo, como miles de argentinos. “Busco trabajo, consigo entrar en una estación de servicio, pero al año un amigo me dice que estaban tomando gente en la Policía provincial y entré”, comenta. El tema era cómo iba a seguir con la música, cuando la noche era necesaria tenerla libre para los shows.
Corcho ya estaba en Los de Barbacena. Había entrado luego de uno de los enroques que solían ocurrir en el ámbito tropical. Carlos Libera, otro excelente cantante nacido en Baigorria, había reemplazado a Gustavo cuando se fue a Los Solares en el Grupo Armonía. Carlitos fue una de las primeras voces de Los de Barbacena y entre el 91 y 92 comienza a cantar en Los Lirios de Santa Fe. “Los dueños de Los de Barbacena me llaman y me ofrecen cantar ahí. Y yo, luego de charlar con los muchachos de Los Solares, acepto”.
Los de Barbacena era otra realidad. Para Corcho fue su mejor etapa como cantante. “Gracias a Los Barbacena, viajé por todo el país. Fueron muchas las actuaciones. Fueron tres años de intenso de trabajo”, memoriza Gustavo.
Siendo un reciente ingresado a la fuerza policial, Corcho zafó hasta donde pudo con su exigencia laboral y las actuaciones nocturnas. “En un comienzo tuve jefes piolas, que me conocían de los bailes, que sabían que cantaba y que no mentía cuando pedía fines de semana. Y después pude acomodar el trabajo, laburando de lunes a viernes 7 horas”, comenta. Pero Los de Barbacena crecían en actuaciones y obligaciones y Corcho tuvo que dejar de cantar.
Los shows eran exigentes. Una hora por bailes, cuatro por noche. “Cada vez que tocábamos, se hacían 25 canciones. A veces 30. Yo trataba de cuidar la voz, porque es mi herramienta, hacía ejercicios que me habían enseñado en la escuela de música”, recuerda.
Hoy Corcho sigue trabajando en la Policía de Santa Fe. “Ya estoy a cuatro años del retiro”, dice. Su rol es ser el chofer del jefe a cargo de la fuerza provincial. “A veces pienso que tal vez cuando me jubile de la policía vuelva a cantar. Pero no sé todavía”, se confiesa.
En los últimos años, Corcho sigue siendo un referente de aquella movida tropical que movilizó a miles a clubes y cantinas. Por eso cuando Los de Barbacena conmemoró los 35 años con la música en el anfiteatro municipal de Rosario Humberto de Nito, él fue uno de los principales cantantes invitados, o cuando Los Tequilas grabó en el 2015 el disco homenaje por sus 30 años, Gustavo también participó allí.
Corcho Juárez empezó jugando, en el patio de la 6418. Quizás nunca pensó que iba a llegar a, cantar tantas horas, en tantos lugares, para tantos espectadores. En él hay un brillo íntimo que lo ubica tímido y expectante en la noche de los recuerdos, donde la música no deja de entonar canciones que hablan de historias y sueños por compartir. Es allí donde siempre estará, para seguir emocionando a quien quiera escuchar.
Marcelo Ramírez, el pibe que sólo quería cantar para estar cerca de su mamá
“A nuestra hija le pusimos Érika Noelia”, le dijo un hombre de su edad al vilo de las lágrimas que lo reconoció en un bar. “Ustedes fueron los que marcaron la vida. Con ustedes conocí a mí esposa en un baile y después le pusimos ese nombre a nuestra primera hija en su honor”. Marcelo Ramírez no puede esquivar su pasado próximo, tan recurrente como sus canciones, esas que con Marcelo y los Cristales llenó clubes, salones de fiestas, camping.
Incansables fueron los viajes que lo tuvo como figura, en la década del 90’, de una de las bandas cumbieras más influyentes y de seguidores de toda la región, aunque él no se canse de decir que nunca le gustó que la orquesta llevara su nombre. “Pasó que nos convocaron para estar en el disco Luminarias 1989, y cuando tuvimos que registrar el nombre en SADAIC, había otro grupo que se llamaba como nos hacíamos llamar nosotros, ‘Los Cristales’, así que hubo que ponerle Marcelo y Los Cristales”, recuerda.
Marcelo nació en San Fernando. A los 15 años su vida dio un vuelco impensado. Su mamá había muerto y él se quedaba solo al cuidado de su hermano Daniel de 9 años. “Mi vieja le pide delante de mí a Luis Ull, que era un amigo de la familia, que nos cuide como un padre. Cosa que hace hasta el día de hoy”, rememora. Fue el “Flaco” Ull quien se hace cargo de los pibes y quien intenta que Marcelo pueda cantar. “Al morir mi vieja yo estaba muy mal y un psicólogo me dice que empiece a cantar. Mi mamá cantaba tangos y a mí gustaba mucho hacerlo”, comenta. En sí la música le regresa la vida a Marcelo y lo acerca a su madre.
“Al principio cantaba folclore. Pero había un grupo de cumbia en Baigorria que se llamaba Ramón y sus Tropicales, de Ramón Almada que tocaba el acordeón. Ahí empecé a cantar. Yo tenía 17 años”, explica. “Me acuerdo que la primera actuación fue en los carnavales del barrio San Fernando. Esa misma noche tocaba Don Trabuco, y el cantante del grupo, Yayo, me dio ánimo para cantar y seguir. Así fue que empecé”, dice.
Esa orquestación además de cumbia santafesina, también hacía chamamé. Pero a finales de los 80, ya sin Ramón hubo que definir el destino. Ull se puso el grupo al hombro y consigue que puedan grabar en el disco Luminarias. El material discográfico pertenecía a una audición radial de LT3 de mucha aceptación popular y entrar allí no era fácil. “Luego de grabar el tema ‘Tarjetita de invitación’ para ese disco, hicimos de todo para que nos difundan en las radios. Nos quedábamos noches enteras escribiendo mensajes para el programa del “Gringo” Gammarotta, de LT 3, donde pedíamos el tema que habíamos grabado. Hacíamos distintas letras, cambiábamos lapiceras y las llevábamos a la radio. Y un día empezaron a difundir nuestro tema. Fue increíble”, cuenta y se ríe como ese niño de San Fernando que fue.
Hábil el Flaco Ull, se asoció con Carlos Guerra, el productor del mundo cumbiero de Rosario en los 90’. Guerra era dueño del sello discográfico Musigrand, donde todas las bandas grababan sus materiales. Pero además era el director del programa de Canal 5 “Explosión Tropical”, que conducía Jorge Bedolla. Ese espacio televisivo, que se emitía los sábados a la tarde, batía récord de audiencia en la televisión rosarina. A su vez con el éxito del programa se hacían bailes en toda la región de cobertura del 5.
“Como Luis estaba con Guerra nosotros teníamos muchos bailes. Trabajábamos de miércoles a lunes. Sólo parábamos los martes. Además no teníamos problemas de los horarios. Hacíamos picnics, actuaciones nocturnas. No parábamos”, recuerda Marcelo. “Era una locura lo que nos pasaba. Como teníamos muchas actuaciones Canal 5 pasaba la publicidad de los bailes constantemente y Luis se las ingeniaba para que nosotros estuviéramos en la publi siempre. Así que éramos muy conocidos. Íbamos a un bar y nos reconocían. Nos pedían fotos, autógrafos. Fueron casi 10 años de mucha exposición”, comenta.
Marcelo y los Cristales grabó 9 discos y fueron muchas la participaciones en otros materiales. Luego de grabar en Luminarias vino el primer disco ‘Ojos Azules’, en cassette. Luego siguieron otros, como ‘Ay niña’, ‘El amor’. Ganaron un disco de oro con éste último.
Hay datos relevantes que esta nota no puede dejar de lado. Uno es que Marcelo y Los Cristales siempre tuvo la misma formación. Al contrario de lo que ocurre en otras bandas de ese género, el grupo nunca cambió sus músicos. “Nosotros siempre nos manejamos como una cooperativa. Todos ganábamos lo mismo. Los instrumentos lo comprábamos entre todos, las canciones que hacíamos la registrábamos entre todos. Hubo una vez que uno de los muchachos del grupo se quedó sin trabajo y el grupo le pagó el sueldo hasta que consiguió otro laburo”, cuenta Marcelo.
En 1994, en la cresta de ola, Marcelo y los Cristales desbordaron el camping municipal de Granadero Baigorria. Fue cuando presentaron el disco El Amor. Allí Marcelo grabó con Ezequiel la canción Mamá. “Ese día en el camping metimos 12 mil personas”, recuerda.
“Fueron años de mucha felicidad. Conocí a miles de personas y cultivé amistades que aún conservo”, dice.
Marcelo, ese pibe que tuvo que afrontar el dolor de la perdida de la madre, hacerse cargo de su hermano Daniel, quien toca la conga en el grupo, logró lo que no buscó. Él sólo quería cantar como la vieja, pero jamás ser un referente de la movida tropical, un ídolo de masas. En la actualidad hay gente que lo reconoce y le vuelve a pedir un autógrafo, una foto o simplemente un abrazo, como en aquellos años de sana alegría.






