Situémonos en esos años. A finales de los 80, principio de la segunda década infame, la explosión de las radios de Frecuencia Modulada (FM) llegaba algo tarde a la región, distinto de lo que ya había pasado en Buenos Aires y otras ciudades del país. Como ya escribimos en estas páginas, las primeras radios baigorrienses se instalaron por esos años sombríos.
La primera estación la encontramos en 1986 y funcionó hasta el 87. Se llamaba “La Radio de Todos” 94,5. La emisora fue creada por un grupo de laicos y católicos en el Remanso Valerio, liderados por el reconocido vecino Daniel Magagnini, quisieron que sacar el barrio costero del olvido y el ninguneo histórico.
Ya a mediados de 1989 aparecieron las radios que marcaron un hito en la radiofonía local, con una importante audiencia y pertenencia pueblerina. Primero fue FM 94 Cristal, radio que supo estar en calle Formosa y Entre Ríos en Santa Rita, en el garaje de la casa de la familia Morello, dirigida por Juan José Grimi. A los meses, aparecerán, casi de manera simultánea, FM Radio de la Costa (101,9 Mhz)) y FM Granadero (106,1 Mhz). Estas estaciones acapararán los gustos de radiales de los vecinos apenas iniciadas las transmisiones experimentales.
Fue en FM Granadero donde se dio el suceso social y popular que nos lleva a escribir esta crónica. La radio, que estaba en un pequeñísimo estudio sobre la Avenida San Martín al 1000, perteneciente a Nahuel Paduán, en sociedad con Lalo Basile, se dedicó a la búsqueda de un público más joven que el de Radio de la Costa. La emisora de Santa Rita, propiedad del empresario Hugo Velizán, intentó una programación más familiar, pero la “Granadero” logró su cometido; la juventud baigorriense empezó a escuchar la FM de la ciudad. Se podría decir, sin ánimo de equivocarnos, que la pibada de entre 13 y 25 años que vivían en los barrios del centro de la ciudad, San Miguel, Centro, Martín Fierrro, Los Naranjos, Paraíso, Correo y Los Pinos, escuchaban con más fluidez FM Granadero que cualquier otra estación de frecuencia modulada rosarina y la zona.
Con una artística grabada por los locutores rosarinos de gran trayectoria y profesionalismo, Gachi Santone, Patricia Divert y Héctor Vale, más la selección musical cuidada, la radio también le sumó calidad al aire. Desde un principio los propietarios de la emisora apuntaron a programación propia. A la mañana Lalo Basile y Graciela Enríquez hacían un magazine muy novedoso por esos tiempos y a la tarde Raúl Razelli, un reconocido locutor de Radio Nacional, nacido en Baigorria, llevaba adelante una audición muy agradable.
Pero en la hora de la siesta y a la noche es donde se produciría la exposición de oyentes adolescentes. A las 13 horas la emisora ponía al aire “La Vidriera”, con la co conducción de Graciela Enríquez y Pablo Cambiazzo, quien además era operador de la mañana de la radio. Ellos hicieron durante parte de 1990 y el 91 la audición que se emitía de lunes a viernes de 13 a 15 horas. Y a la noche, desde las 22 hasta las 0, Alejandro Paduán, Jerónimo Capdevilla y Leonardo ‘Cuca’ Peñalosa, llevaron adelante uno de los sucesos jamás repetidos en la radiofonía autóctona; “El Expreso dos veinte”.
Fue en el “Expreso” donde se inició el tema de los mensajes de los radio escuchas. Recuerda a este medio Alejandro Paduán que “en un comienzo los pibes llevaban sus cartas a la radio”. Desde el programa se invitaba a solicitar temas o enviar saludos, en sí nada nuevo bajo el sol. Lo que no debería ser extraño es lo que pasó de manera natural con esas misivas y los jóvenes. “De un día para otro comenzaron a llegar más y más mensajes, pero los chicos se autoreferenciaban con nombres de ‘barra’”, contó Paduán. “No había teléfono fijo en la radio y ni existían celulares, por eso usábamos el teléfono de la casa de Jerónimo que estaba a 7 cuadras de la radio… así que íbamos en una Garelli 50 a buscar los mensajes que la mamá de Jerónimo atendía… era algo increíble… llegábamos a tener 80 llamados por noche y 50 cartas… era una locura”, rememora.
Fue tanto el movimiento juvenil que los mensajes y la actividad de las barras comenzaron a citarse también en “La Vidriera”. Era como que la necesidad de comunicarse rompía la barrera del ostracismo y la timidez, tal vez intentado esquivar al neoliberalismo que ya daba sus indicios diabólicos en el menemismo, donde el individualismo y la nada lo tomarían todo para las desventuras del pueblo. En medio de tanta desesperanza los pibes de entonces nos agrupamos en las barras, pero fuimos por más, mucho más…
Primero de manera casi natural las pibadas se autoconvocaron en partidos de futbol, asaltos en casas de anfitriones deseosos de la llegada de nuevos amigos de toda la ciudad, picnic en plazas… todo era una excusa para juntarse, encontrarse, amigarse, hermanarse...
Gonzalo, ex integrante de la barrio San Marcos, un grupo de adolescente de barrio Martín Fierro y pertenecientes a la Capilla homónima, agrupación a la cual pertenecí en aquellos querubes años, recordó cuando en el galpón de Walter Dijokas se hizo un gran asalto con más de 200 chicos de Baigorria y Bermúdez. El encuentro fue convocado desde la radio y los programas nombrados. No fue el único bailecito que una barra hacía, es más por fines de semanas de esa primavera del 90 y verano del 91, se multiplicaron los guateques juveniles en patios de casas o terrenos. Aún hay parejas, ya con hijos, que se constituyeron en esos segmentos de lentas tan ansiadas. Quién no tiene un amigo o amiga que se enamoró una nochecita mágica de Baigorria. Quién no sintió ese gusto insuperable de saber que ella iba a estar y que quizás sea la única oportunidad de tener su corazón por lo menos un rato…
Cuenta Alejandro Paduán que fue tanto la movida que se les ocurrió hacer un gran baile en el Centro Comercial de Granadero Baigorria. “Nosotros no sabíamos nada de bailes y cómo organizarlos, pero le dimos para adelante… era tanta la audiencia y la actitud de los chicos que avanzamos”, dijo Alejandro de lo que fue un éxito rotundo en sus tres ediciones que se realizaron. Con un promedio de 400 jóvenes por noche, la revolución era un hecho. Ya el fenómeno atravesaba las fronteras y chicos, agrupados en barras, de Capitán Bermúdez y Fray Luis Beltrán se llegaron al local de barrio Centro.
Éramos inmensamente felices sin darnos cuenta. Había siempre un motivo para el encuentro para una nueva amistad, para la aventura, y la radio era el nexo.
Las Macondos, Tomate el 2, El Arco, San Marcos, el Centro, los Boneos, la 8º Compañía, Las Medallas Milagrosas; fueron algunos de los nombres de barras que surcaron calles, paredes, plazas y bares de la ciudad. Y aunque parezca mentiras, los clanes sociales en vez de separarnos nos unían más en la identidad joven, rebelde por un destino nuboso y difuso.
Era necesario contar esta breve historia, porque no debe quedar en el triste lugar de los olvidos. Hubo un tiempo que los pibes de Baigorria nos quisimos juntar y lo hicimos. No había ni religión, ni etnia, ni mítines que separara. Cuentan que todavía hay una pared pintada con la leyenda “La San Marcos, la barra más compañera” y que a la vuelta de un foco casi quemado se puede escuchar una canción cantada por un coro desafinado. Sólo se necesita ponerse en sintonía y enamorarse de esas pequeñas cosas, como dijo el poeta.







