La muerte de Edgardo Giménez, el comerciante que fuera baleado en un asalto en la mañana del jueves 30 de octubre, cuando atendía el bazar “La Casa de las Porcelanas”, de calle San Lorenzo al 1200, trajo consigo el pedido una vez más de mayor seguridad.
Éste reclamo, cargado de dolor y solidaridad a la familia del muchacho de 34 años, padre de dos nenas, una de 4 años y una beba de meses, se repicó de manera extraordinaria en las redes sociales, con mensajes fraternos, y otros, como nunca faltan, xenófobos y fascistas.
La siesta del jueves en el barrio Centro fue tensa. La tristeza por lo ocurrido al pibe de los Giménez, el “Rana”, y la vigilia para saber cómo se debatía en la fina línea que separa la vida de la muerte en el Hospital Eva Perón, invadió los negocios, los bares, las calles. A eso de las 18 30, el rumor se confirmó en la peor noticia de una jornada teñida de tristes novedades. Edgardo no pudo continuar su lucha, esa que inició desde siempre, cuando anidó en amistades su entrañable carácter jovial; su locura por la vida al aire libre; su pasión que lo hizo enamorar de su compañera y madre de sus dos hijas; su misión de defender lo que costó tanto hacer por sus viejos, hoy trasladados a él y su prole.
En este texto no vamos a profundizar en los vivillos que aprovechan cualquier carroña para hacer política. Pero podríamos decir que de manera casi espontánea el vecino común, el de a pie, se convocó, primero en la puerta de la municipalidad y luego en la comisaría. Unas 200 personas, a horas de saberse el deceso de Rana, se movilizaron con el pedido harto repetido: Más seguridad.
Los comerciantes también adhirieron al duelo colectivo. Este viernes, los dueños de los negocios, sin esperar que el Centro Comercial local defina una medida, se pusieron de acuerdo, vía facebook, cerrando las puertas unas horas a la mañana.
Podríamos reflexionar en éstas líneas sobre el tema de la “inseguridad”. Hay datos duros: Baigorria tiene 60 gendarmes, con vehículos de alta gama, que circulan por la ciudad. Además hay una presencia concreta de la policía, que recorren de manera conjunta con las fuerzas federales las calles baigorrienses. A pesar de ésta saturación de uniformados, los quioscos que venden el menudeo de drogas no han aflojado, como los robos y escruches.
Se afirmaría, entonces, la ineficiencia del ingreso masivo de “canas” de todos los colores a Baigorria, pero quién puede dar como un dato positivo la invasión de milicos. Dónde se pudo bajar éste estilo de delitos, porque sólo se habla del pobre que roba o mata, pero jamás de los verdaderos garantes de la masacre, esos ladrones multimillonarios que blanquean la guita negra de la droga, los que afanan al desviar el pago de impuestos, los terratenientes sojeros devaluadores, los diarios escribas del terror, los que apoyan y apoyaron las políticas económicas que marginaron a los pibes que hoy por unos centavos pesan a la vida en debe.
En sí, en ninguna parte del planeta, ciudad magnánima o pueblito, la mano dura ha dado frutos. Los que perdieron a la hora del reparto pueblan juzgados y cárceles, y los responsables se pasean por sus medios de comunicación dando cátedra de odio y sin razón.
El “Rana”, se suma a la luctuosa lista de inocentes muertos como consecuencia de una trama tan compleja que no se puede resumir en el discurso lamentable de “matar a los negros”, “incendiar villas”, “aplicar la pena de muerte”, e hijaputeces de igual calaña.
Sólo podemos acariciar el alma de los padres de Edgardo, de su mujer, de sus hijas, de todos los que hoy no entienden el por qué de tanta pena.
Pero no desviemos la vista del horizonte. Sólo dejaremos de contar éstas crónicas sí se sigue en éste camino de igualdad e inclusión, esquivando el resentimiento, sumando, también, al dolor a otros pibes asesinados en Baigorria por hechos similares en los últimos años, que por ser pobres y de barrios marginales, nadie convocó a marchas y ni actos comunitarios.






