Rosaria Di Franco
La vecina italiana de Paraíso
A los 9 años cruzó el mar con su familia. Nueve hermanos y sus padres arribaron aquella mañana de primavera, el 11 de noviembre de 1949, al puerto de Buenos Aires a bordo del buque Portugal. “Yo recuerdo aquel viaje como algo lindo. Con mis hermanos de mi misma edad jugábamos en el barco, pasábamos el tiempo, sin saber bien adónde veníamos”, comentó Rosaria Di Franco, la sicialiana que hace 31 años vive en Granadero Baigorria, en barrio Paraíso.
El motivo de su arribo a la Argentina no fue por las hambrunas de post guerra, sino para buscarles a las hijas mayores del matrimonio mejores “pretendientes” que los que había en Campobello di Licata, pequeño pueblito de la provincia de Agrigento, el sur más sur de la Italia pobre. Y fue así como lo escribimos, la familia emparejaba la vida con un pequeño campo en el agreste paisaje de Sicilia, pero las niñas no iban a poder casarse con un buen partido, porque la “dote” no iba alcanzar para todas. Eran pocas hectáreas y esa práctica medieval, aun en auge por esos tiempos en la Europa envejecida, iba a dejar a los Di Franco en la ruina y a la prole con poco futuro.
Ese fue la causa de la llegada de ellos al país. La llamada la hizo un tío, hermano de la mamá de Rosaria, para que los 11 se mudaran a Rosario. Éste tío, solterón y solitario, hacía más 30 años que estaba por estas tierras y ansiaba la llegada de sus compatriotas, para constituir ese sueño de la familia unida, tan italiano, tan argentino.
El tío Carlitos había arribado de adolescente tras la búsqueda de otro hermano que tuvo que huir de la isla mediterránea por la supuesta muerte de un hombre por pedido de la mafia. La madre del niño no dudó en enviar a su hijo a la América rica y prodigiosa. No quería otra tragedia, y no deseaba para el muchacho el destino mafioso que impactaba al sur italiano.
“Nuestro tío vivía en una casa amplia, con muchas habitaciones. Nos esperó la noche que llegamos con otros primos, familiares y futuros amigos. Había una parrilla llena de carne y chorizos, ese día aprendí lo que era una asado”, recordó Rosaria, conservando aun la mirada fresca de esa niña de 9 años, atravesada con el dialecto siciliano, el italiano y las primeras palabras en español.
La llegada de la familia Di Franco, como la de otras venidas del viejo mundo por esos años, fue cobijada por el peronismo naciente. El gobierno del General había estatizado los ferrocarriles en el 47 y allí el padre de Rosaria, apenas una semana arribado al país, consiguió trabajo en la empresa estatal. “Mi papá enseguida de llegar a Rosario entró a trabajar en los trenes y allí se jubiló”, dijo la italiana. En resumidas palabras, postales de un país que fuimos, inmigrante, trabajador, solidario.
Pero el padre no sólo fue ferroviario. “Éramos muchos en casa, y la compra de zapatos era un presupuesto muy grande. Fue así que una tardecita comenzó de a poco a arreglarnos los calzados y hacernos zapatos. En fin, se convirtió en el zapatero del barrio. Tenía un tallercito en el fondo de la casa, donde después de venir de trabajar se ponía a reparar los zapatos de los vecinos”, comentó Rosaria. Creemos que cuando nos dice esto debe ver aun a sus padres en el fondo, él trabajando sobre algún calzado y ella cebándoles esos matecitos dulces y compañeros.
También para los hijos de los Di Franco la cosa no les fue tan difícil la inserción. “Yo había dejado en 2º grado en Italia y pude reiniciar las clases en 1950 en 3º grado acá”. Entendemos que la pregunta que viene es ‘qué pasó con el idioma, cómo pudo sortear ese escollo’, además sabiendo que toda la familia hablaba mejor el siciliano que el italiano. “La verdad es que no me fue difícil. Tuvimos la suerte que había maestras que sabían nuestro idioma y también el dialecto, por eso cuando no entendíamos algo, ellas nos daban una gran mano. Fue así como yo y mis hermanos menores, aun en actividad escolar, pudimos aprender, terminar la escuela y hablar perfectamente el castellano”, recordó Rosaria.
Y en eso llegó el amor. Mario, el joven del barrio la enamoró y le propuso la mágica misión de formar una familia, pelearla juntos, construir un mañana. El muchacho siempre fue sodero, y con ese oficio llegó a Baigorria hace 31 años, con Rosario y sus dos hijas.
Hace algo más de una década, cuando Carmelo De Ninis le propuso integrar la primera comisión de la Asociación Italiana de Granadero Baigorria, ella se preguntó si podía. “Nunca había estado en ninguna entidad, pero la idea de hacer una nueva institución en la ciudad y que estaba vinculada con la Italia me entusiasmó. Y desde que se fundó hasta la actualidad soy la sindica de la entidad”, dijo.
En este breve recorrido de la vida de Rosaria no podría terminar si no la ubicamos a ella y a los Di Franco en la Segunda Guerra. Italia estaba gobernada por lo peor. Benito Mussollini, fascista y socio criminal de Adolf Hitler, había sumida a la península al horror, el hambre, y la muerte absurda. “No recuerdo la guerra, era muy chica, pero si cuando el ejército aliado llegó al pueblo. Mis padres nos llevaron a una casa de campo y nos escondimos todos los chicos de Campobello de Licata. No me voy a olvidar el grito de la gente aterrada, ‘americani, americani’, decián en referencia de la llegada de los americanos. En esa casa estuvimos muchas horas, con miedo y hambre, pero no nos pasó nada”.
Giustina D’alleva
Una ‘Tanita’ por Baigorria
Ella se llama Giustina María Domenica Giacomina D’alleva, pero cuando era niña en el Abruzzo le decían “Titina”. Giustina es una vecina de acá, de San Miguel, de toda la vida. Hace 57 años que vive en su casa de siempre, de Vicente López y Liniers.
Llegó al país en el primer barco de pasajeros que arribó al puerto de Rosario, 16 de febrero de 1965. “El barco era ‘Salta’, un barco argentino. Fuimos recibidos con bandas musicales… una fiesta hermosa…”, recuerda Giustina.
Titina tenía 10 años cuando con su mamá, Ángela, llegó a la Argentina, porque su papá ya estaba acá hacía 3 años. “Mi familia era del Abruzzo, provincia de Chieti. Yo nací al final de la Segunda Guerra Nacional y mi papá estaba luchando en el frente de batalla… a todos los habitantes de Abruzzo nos venían desalojando y fuimos a parar a la región de Reggio Emilia primero y luego a la provincia de Piacenza… ahí nací yo, en un establo, en medio de los animales… nací como el niño Jesús (risas)…”, contó la mujer y recordó que “mi mamá me contaba que me dieron a luz en lugar lleno de vacas, arriba de la paja… me bautizaron a las 24 horas porque no me daban expectativas de vida, porque había nacido desnutrida, pero sobreviví”, comentó.
Los primeros años de vida de Giustina fueron durísimo. “Mi papá cayó preso de los alemanes al finalizar la guerra y mi mamá quedó viviendo con mis abuelos. Mi papá estuvo preso muchos años después de la guerra, él era bersaglieri. Yo a él lo conocí cuando tenía 3 años… después volvimos al pueblo…”.
“Cuando vuelve mi papá empieza a trabajar el campo que teníamos. Se vivía del trueque de lo que producía en el campo. Se iba a la ciudad y se trocaba lo que uno tenía por lo que otro necesitaba”, agregó.
“La cosa es que cuando yo tendría 5 años se hablaba de otra guerra y mi papá no quería volver a vivir algo así. Y había en Rosario familiares de mi mamá que habían llegado tras la Primera Guerra, la del 14. Así que se contactó con uno de ellos y éste le hizo el llamado para que se venga”, recordó Giustina, al contar cómo fue el proceso para venirse a vivir a Argentina. “Él se vino en 1952 y estuvo tres años acá solo. Mi mamá le escribía diciendo qué iba hacer, si se volvía o si nosotras íbamos para allá, y él nos dijo que nos viniéramos para Argentina, que no quería volver a Italia, cosa que hicimos”.
“Mi papá sabía que tenía tres hermanos en la Argentina y antes que nosotras llegáramos a Rosario, un tío mío, por parte de mi mamá, le dijo que conocía a un motorman del tranvía número 5 que se apellidaba D’alleva. La cosa es que ese era uno de sus hermanos, que después lo contactó con sus otros dos hermanos después de 30 años…”, rememoró.
Giustina aun logra emocionarse al revivir su llegada al puerto rosarino. “Nosotras venimos porque nos trajo Perón, porque él traía gente para trabajar. Tuve otros familiares que vivieron destinados a trabajar en campos, para la siembra y la cosecha. Esa fue una manera de poblar el país y hacerlo productivo”.
La niña de 10 años tuvo que acomodarse rápidamente a las costumbre argentinas, entre ellas la escuela. “Imaginate que llegué a mediados de febrero del 55’ y en marzo comenzaron las clases. Tenía miedo por el idioma, pero me desenvolví rápidamente. Lo que sí me bajaron de grado, yo allá había hecho hasta quinto y acá empecé en 2º. Y para colmo como no teníamos casa fija, arranqué en la escuela Ovidio Lagos, de La Florida, allí estuve 4 meses, y después seguimos en Fisherton…”.
En diciembre de 1957 la familia D’alleva se mudó a Baigorria. “Mi papá compró el terreno donde vivo hoy (Vicente López y Liniers) y acá levantó la casa familiar. Allí me trasladé a la Escuela 127. Fui muy mimada y querida por todos… era la ‘Tanita’… tengo muy buenos recuerdos de todos, la verdad fui muy feliz en Baigorria…”.
“Trabajé de chica… y siempre revoltosa… trabajé primero en los quioscos que habían en el cementerio, después en la primera parrilla Los Gladiolos cuando tenía 14 años…”, comentó la abruzzesa a El Urbano. “Después me puse novia, él era descendiente de italiano y nos casamos, pero mi papá le dijo que teníamos que vivir acá, en mi casa… tuvimos dos hijos, un varón y una mujer…”, dijo y es como todo volviera una y otra vez.
La mujer, que en la actualidad es la vice presidenta de la Asociación Italiana local, y que en sus comienzos fuera vocal suplente, dice llena de orgullo que “no tiene nada de qué quejarse de la vida”. “Todo lo que he hecho, lo hice con esfuerzo y felicidad”, afirma.
Pero como sello indeleble de los inmigrantes, Giustina no puede dejar atrás su Italia, su Abruzzo. “Uno extraña, a los amigos, su país, los familiares. Yo tenía 10 años cuando llegué y ya me daba cuenta de lo que pasaba, pero siempre eso estuvo ahí”.








