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Domingo, 30 Diciembre 2012

Milagros sin beatificar

Editorial del Periódico El Urbano de diciembre. Edición Nº 141

 

Milagros sin beatificar


Por Hugo Cravero

1


Nunca nos hizo falta decretos o bulas para saber que estábamos ante un hecho extraordinario, único.

Saber que la noche de navidad o año nuevo iba hacer en lo de Orzuza.

La casa de mi abuela Pepa y ese olor a domingo de salsa eterno, que al cerrar los ojos vuelve impregnando el alma de caricias y caramelos.

Ella, alta con un par de noches perdidas en su pelo, en ese instante justo que dijo sí.


Tal vez no sepamos cuándo ese suceso es tan mágico que quedará ahí en el baúl de las dichas. Suelen ser tan chiquitos, a veces de harapos colgantes, que pueden pasar si atención. Pero después, cuando el invierno no muta a primavera, vuelven.

Mimos sin beatificar

2

Sentirnos integrantes del lugar donde vivimos, no requiere de autorizaciones de altas esferas gubernamentales o celestiales. Jamás estaremos solos, por más que desde monopolios digan lo mal que nos va en lo global. Qué es mejor aislarse, perderse detrás del espectáculo de la nada.

El día que inicié mi labor de ‘profe’, hubo un efecto que aturdió la realidad. En esa escuela, a la que llaman ‘marginal’ los creadores de marginales, vi la claridad en los ojos o en las palabrotas. En el acto de cierre de año, un pibe, ese que es elegido por sus compañeros por ser el más solidario, tembloroso y desafiante a la vez dijo que ‘había valido la pena haber estudiado, terminar el secundario, ver el horizonte con más esperanza, para él y cada uno de sus amigos que terminaban una etapa más en sus vidas”.
Ese muchachito de camisa negra, de parar canchero, hizo con sus palabras lo que algún Dios hizo con barro.

Futuro sin beatificar

3

Cada 24 de marzo ser muchos pidiendo justicia era lo real. Sabíamos lo necesario del reclamo. Pero… ¿creíamos firmemente de ver a los asesinos en cana?

Que un desgarbado presidente iba hacer lo que dijo que iba hacer.
Que nos hermanaríamos con nuestros hermanos.
Que valdría más la voz fraterna latinoamericana, que la angloparlante pirata.
Que cada pibe por nacer iba ser valorado por el ser y no por el parecer.
Que ser amado no dependería de recetas impuestas sacramentales. Uno ama y ya. A quien quiera, como sea.

Algo tan hermoso como la misión de haber cumplido en algo con los sueños de miles de vidas suspendidas, de cánticos enarbolando banderas; y saber que aun falta tanto por construir, pero por éste camina, es lo grato, sin que ningún santurrón diga y desdiga.
Todos los días, a la vuelta de un árbol, delante de un banco de plaza, en la orilla de un amanecer, están los milagros. Quietitos, silentes, divinos. Falto de mandamientos, libres de pecados arcaicos.
Sólo hace falta colorear la belleza. Ver nacer plantas y flores desbordantes. Y nunca conformarse.

Vidas sin beatificar.