Escrita del licenciado Hugo Cravero
En la ciudad hay uno de los nuestros que se despide, pero de verdad siempre está llegando.
“Suerte que te cases”, pregona.
Augurio de ocurrencias del vecino más querido de una Baigorria que lo vio pasar seis décadas en una soledad acompañada.
Hugo Humberto Remigio Silva nació un 6 de septiembre de 1958 en Capitán Bermúdez. Es el tercero de cuatro hermanos de una familia humilde, que vivió durante años a la vera de la barranca del Río Paraná, a la altura del Seminario “San Carlos Borromeo”. Según comentaron amigos de toda la vida, la madre solía ir a buscar hortalizas, huevos y leche recién ordeñada al claustro arquidiocesano. Tal vez una de las posibilidades de su infancia detenida, se deba al consumo de leche con calostro en mal estado obtenida en el Seminario y que habría tomado de bebé, produciéndole una meningitis que le dejaría esa huella para siempre.
No se sabe bien cuándo los Silva se mudaron a Baigorria, pero muy probablemente haya sido en los primeros años de la década del 60’, porque el padre de la familia, al que llamaban “el Bomba”, por su contextura física de piernas largas, torso prominente y giba, ya era por esa fecha uno de los choferes de la línea de colectivos “El Libertador”, que hacía el recorrido desde el Cementerio El Redentor hasta la calle Martín Fierro de la ciudad de Rosario.
La niñez de Misi se pierde en la neblina de la memoria, pero se puede afirmar que por su condición no fue a la escuela primaria. Esto no significa que sea analfabeto, todo lo contrario maneja muy bien el dinero y las matemáticas. El mismo Misi confió a este cronista que lleva adelante su negocio, administrando los recursos que gana lavando autos y lo que cobra de una pensión que tiene desde la muerte de su madre por su discapacidad.
- Con un abogado de la Cotar, logramos que la pensión que cobraba la madre luego de fallecer el padre, se la den a Misi al morir ella - contó Juan Luis Inveninato, en una entrevista brindada en 2013, amigo de la adolescencia de Misi, a quien lo llama “hermano”. Otro dato que sumó Inveninato es que en algún momento de sus primeros años asistió a una escuela de oficio, donde aprendió carpintería y manualidades.
A mediados de los 70’ el joven Misi comenzó con los Inveninato en el reparto de leche. Junto a otros pibes del barrio Centro, entre ellos el nombrado Juan Luis, repartían productos lácteos de lo que fuera la marca líder de la cooperativa rosarina. Por esos años, luego de un problema familiar, Misi vivió unos meses en casa de la familia que le daba trabajo.
- Yo tenía un kiosquito con unas mesitas en la avenida (San Martín al 1200) y él pasaba y siempre nos pedía alguna changuita. Así fue que le dije si quería ayudarme en el reparto y ahí empezó nuestra amistad - recordó Juan Luis.
Con la voz a punto de quebrarse, el hombre se remontó a aquellos años donde Misi era el centro de los pibes de barrio Centro.
- Vos no sabés el corazón que tiene, el buen tipo que es, para mí es un hermano- , añoró Juan Luis, que con lujos de calles, días, tardes y noches, se emocionó al recordar a ese muchacho ancho, de salidas ocurrentes y laburante, en tiempos donde la vida exploraba la esperanza y la felicidad.
De dónde nace su apodo
Ya en el viejo Paganini o el nuevo Baigorria de la década del 60’ nadie le decía Hugo. No hay data precisa de que alguna vez alguien lo haya nombrado así.
Tal vez en una exquisita forma de evadir el bullying fue él mismo quien logró con sus inventivas crear su apodo.
- Se paraba entre los pibes, hacía unas monadas y chistes. Todos nos reíamos - supo contar otro de sus amigos consultado para esta nota.
En medio de esas ruedas nocturnas de muchachos fue él quien creó a Misi.
- Soy Misi Caracatanga - decía a los gritos. Luego salieron de él las modificaciones como Misel o Michel.
Misi y su poder con los animales
Tal vez otro dato oculto de Misi es la capacidad de controlar a los animales de mal talante. La muchachada del reparto de leche aún lo ve en sus hazañas de encarar a los perros más bravos. Misel, sin mediar miedos o precauciones, se acercaba a los canes, que amenazantes atacaban a los pibes que bajaban de la chata de la distribuidora láctea temerosos.
- Los perros se calmaban con Misi, él los hablaba, le hacía un corazón con sus manos gordas y un sonido con la boca como de rayo, y se les acercaba, los acariciaba, y los animales quedaban tranquilos- contó Juan Luis sobre la proeza de su admirado amigo.
Quién que no lo ha visto, hasta hace unos años, caminando la ciudad con un loro de unos 50 centímetros de largo, de pico corvo potente y fuerte como alicate. El perico era de la familia Mattio, que sólo aceptaba a Misel para los mimos y cuidados. Pareciera que su poder hipnótico a los animales no se limita sólo a los perros.
Cómo fue que comenzó a lavar autos
En 1988, cuando los Inveninato dejaron el trabajo en Cotar, Misi inició la labor que lo terminó de popularizar. El lavado de autos domiciliario.
Comenzó con los médicos del hospital Eva Perón, gracias a un permiso que le dio el doctor Augusto Ramos, padre del que fuera intendente de la ciudad Alejandro Ramos, que por entonces era el director del efector público.
Con baldes, unos trapos y jabón, Misel lavaba sus primeros coches. Pero si en algo se destacó fue en su la capacidad de no detenerse jamás, a pesar de los pesares. Y se lanzó a las calles con su bicicleta, a ganarse la clientela.
De a poco fue comprando elementos para mejorar el servicio. La aspiradora, la hidrolavadora y otros artefactos que le facilitaron el trabajo y así incrementó su agenda.
- Si fuera por él no tendría que llover nunca - ironizó un cliente y amigo. Y puede ser cierto porque quién no lo cruzó por las calles con su bocaza gritando “¡suerte, que no llueva!”.
Otras muletillas que lo hicieron aún más conocido son: “¡suerte, que te cases!”; “muy, muy”, en referencia al dinero; o “¡sigue lavando!”, al compás de la canción de los Ratones Paranoicos ‘Sigue girando’.
El que no quiere a Misi, no quiere a Baigorria
La solidaridad nunca le fue esquiva a Misel.
En varias ocasiones, los vecinos, a veces silentes, con la mezcla alquimista del amor y la fraternidad, le tendieron una mano. Cuando alguna vez le robaron la bicicleta con todos sus elementos de limpieza, hubo colecta para reponer sus artefactos de trabajo.
En la actualidad hay vecinos que lo invitan a comer, o le compran ropa y le prestan espacios para que guarde su bici y todo su kits de lavado.
Párrafo especial es para la asociación civil Mano Solidaria que lo asiste constantemente. Las integrantes de la ONG local lo cuidan como un hermano mayor, lo aconsejan, lo guían y acompañan en todo lo que pueden. Allí el amor no es un hecho aislado, es una fórmula en donde Misel recibe lo que siempre ha dado.
Misi, Misel. El hombre más bueno que la ciudad pudo ver
Ya no es el gordo de los años 90’. Está más chiquito. Su cuerpo ha envejecido y su mirada tiene ese dejo de soledad y tristeza, que sólo disfraza con alguna salida única.
El tiempo le enseñó a ocultar sus miedos y los transformó en humildad y puro corazón . Laburante y errante, Misel tomó las calles como su hogar itinerante, los bares como una válvula de escape y el laburo como una forma de dar dignidad a su vida.
Sus rutinas se han modificado, según ha cambiado el aspecto de la ciudad. Antes, cuando sus amistades tenían menos compromisos solía visitar viviendas y comercios. Allí hacía el aguante diario para transcurrir la vida con más preocupación que seguir todos los días un poco más.
Cuando cerró la carpintería de Mattio, lugar donde podía estar el día entero, comenzó a bicicletear hasta Rosario.
- Me bajo de la bici en el control. Camino por la veredita y después agarro la bicisenda - contó con la simpleza que lo identifica.
Desayuna en la Puma de Rondeau al 4300, pero luego sigue y hasta fomentó nuevas amistades en comercios del boulevard rosarino hasta la plaza Alberdi.
Suelo almorzar en el Alumni, y pernoctar en la Puma de calle Vietti. En plena pandemia, los empleados que lo adoran, le abrían el shop para que pase la noche, vea televisión, cene algo, hasta volver dormir a su casa de barrio Martín Fierro.
- Qué hacés rubio - dice de manera potente, con su voz socarrona entre niño y adulto. Su melancolía lo detiene en un bar de Pueyrredón y Rivadavía. Mientras toma su coca religiosa de la tarde pregunta sobre nuestras familias con detalles de una persona que observa con detenimiento todo.
Sabe de nombres, de hogares, de amores, del Baigorria que fue. Es un agradecido de saberse cuidado por todos y pero a su vez él nos cuida de las preocupaciones diarias.
En su mirada se ve que viene de lejos. De otros tiempos y en busca de uno mejor.
Misi no lo sabe, pero es el héroe de la ciudad. De cada uno de nosotros que le hemos confiado la sonrisa y su método para ser feliz.






