Ella lo mira, le habla, lo mima. Es su hermana mayor y no puede con su ternura eterna. Le dice “Titi”, un apodo que viene desde los inicios mismos de su llegada. Pero a su vez ya es su jefe político, un cuadro que desde la disciplina y los afectos es parte del presente y el futuro de Granadero Baigorria.
Adrián es el menor de la prole de los Milo Cravero.
Si se pudiera rastrear sus comienzos militantes habrá que encontrar a un Adrián adolescente observando a su familia cercana en la intendencia de Alejandro Ramos, pero también escuchando amigos de la escuela secundaria que estaban influenciados con la política, el kirchnerismo y la búsqueda de eso que llamaban “peronismo”.
Con los pibes de esos años comenzó a involucrarse en temas sociales, pero fue Santiago D’alleva quien lo condujo de a poco, pero sin vuelta atrás, a la militancia política.
La recuperación del club San Martín, en el norte de Rosario, darle vida social e institucional a la entidad, acompañar a los vecinos y socios para esa meta, le partió la cabeza. Se dio cuenta que con trabajo colectivo había una causa, un motivo de vivir intensamente la vida, al filo mismo de la emoción en cada respiro.
Es casi imposible resumir la vida de un joven de 30 años.
Y es increíble creer que sólo tiene 30 años.
Es que si no supiéramos ese detalle etario sería casi inaplicable la edad y lo hecho por la ciudad.
Adrián se suma enteramente a la política a la salida de Alejandro Ramos de la Municipalidad, durante el quiebre entre éste dirigente y el intendente Adrián Maglia. Aunque ya estaba dando vuelta, interesado por la ciudad, su historia y presente, Milo va a colaborar con su hermana Ana Paula en el Concejo, pues la actual directora de Territorio Saludable del Ministerio de Salud de la provincia de Santa Fe asumiría a finales del año 15’ la banca en el parlamento local que tenía en licencia.
Fueron dos años de madurez y fogueo con la gestión. Allí se dio cuenta rápidamente que una cosa es la teoría, las intenciones sanas, los proyectos deseados, y lo que verdaderamente se puede llevar a cabo en instituciones aburguesadas y, muchas veces, vacías de contenido.
En el 17’ supo de la derrota electoral cuando no se pudo renovar la banca de Ana Paula, pero había ya una veta de lo que era posible. Un año antes, los mismos que habían sido “idos” de la administración de Maglia, más otros allegados a los hermanos Milo Cravero, los memoriosos de otros momentos en la ciudad, crearon La Colmena, una organización civil con la ambición de poder para cambiar el pequeño mundo donde habitan los seres queridos. Transformar Granadero Baigorria.
La Colmena fue la trinchera y espacio de resistencia. Un lugar para proyectar sueños y que ellos no se queden allí.
Desde La Colmena, los colmeneros y sus compañeros construyeron gran parte del triunfo implacable del pasado 14 de noviembre.
El flaco se destaca por su rostro alargado y serio, su metro ochenta y muchos, su cabellera desordenada y rubia, su ropa formal, sus zapatillas pulverizadas por caminar kilómetros y kilómetros las calles de la ciudad.
- Acá no solamente se lo quiere. Acá se los respeta - dice una señora a la que Adrián alguna vez le dio una mano, remendó un plato de comida, acompañó un trámite, o solamente supo escuchar un mal trance familiar.
En plena pandemia, cuando todo se reinventó, Adrián le dio mayor compromiso a su aquilatado trabajo territorial. En sí, los vecinos solidarios como él, los que no esperan que las ayudas bajen de algún altar sagrado de la política, se pusieron en marcha, y de manera organizada se metieron en los barrios donde no había nada.
Allí no hubo partidos, ni dioses, ni fronteras. El hambre, la falta de guita, el miedo por una enfermedad asesina y desconocida, la incertidumbre del día siguiente, se hacía sentir.
Había que tener coraje y un pacto superior con el prójimo, cercanos a relatos de los distintos salvadores que han puesto en riesgo su propio confort por el bien común, para salir, estar y jugarse por el otro.
En esos meses de angustias y temores, Adrián Milo solidificó su cercanía en las barriadas. Y, como ya se dijo, amor con amor se paga.
Sus pesados pasos avanzaron por Martín Fierro, San Miguel, el Cañaveral, Camino Muerto, San Fernando, Remanso Valerio, Industrial, Marista, Los Robles, Litoral, San Fernando, Espinillo, Nuestra Señora de la Paz. En esos barrios es uno más
Tiene en su cabeza una ciudad ubicada por familias, realidades, micros historias.
Lo invitan a tomar mate, a las fiestas de 15, a los bautismos, a los casamientos, a funerales.
Sin marketing, sin redes sociales - las cuales casi desconoce -, con una estrategia clara, en los cantegriles olvidados el Flaco es uno de ellos.
Adrián Milo Cravero tiene todo por delante. No hay registros históricos en los 132 años de ciudad de una persona coherente para cambiar para siempre Granadero Baigorria. Un vecino que se esté formando en el mismo territorio, pero con mucha teoría, desde una honestidad intachable, para llegar a la máxima magistratura local.
Tiene todo para hacerlo.
Y lo va hacer.
Que los faros luminosos, al apuntar sobre él no lo encandilen.
Que nada lo saque del camino.
Militante de barro y barrio.
De calle y pandemia.
De una bolsa con mercaderías y un abrazo justo.
De compromiso y amor.
El cambio generacional en la ciudad se inició hace tiempo.
Por esa senda está Adrián Milo Cravero.
Si ese es el camino, el destino de ese viaje irá a buen puerto.






