En la tarde polvorienta y bochornosa de febrero venía la Maruca.
Las distancias eran otras y los tiempos más menguados cuando la infancia recorría nuestras vidas.
Ella, diminuta y encorvada, llegaba con su paso corto, su paraguas convertido en sombrilla, su voz entrerriana nunca olvidada, sus modos pueblerinos. Era su forma de estar, acompañar, visitar a su hijo menor y su prole. Una manera única en la escala del amor.
Para nosotros era un ritual trivial. Una forma de esperar y estar con nuestra abuela. La nona.
María Ramona Franco, Maruca, había nacido en Maria Grande, Entre Ríos.
Legalmente tenía 95 años, pero según sus propios dichos había sido anotada recién cuando ya era una niña con la capacidad de recordar. “Ya caminaba cuando me llevaron al registro para hacerme los documentos”, supo contar la Maru.
De ser así, la matriarca de los Cravero era casi centenaria.
Esa mujer, junto a Toto Cravero, el nono Toto, tuvo 5 hijos, 13 nietos, 19 bisnietos y 2 tataranietos.
Todo un legado de vida y futuro.
Nunca le fue fácil la vida. Su madre, mí bisabuela Benedicta, fue madre soltera. Los padres de Maruca y su hermana mayor, la tía Tula, habían sido dos promiscuos terratenientes del centro de Entre Ríos. Una costumbres que viene desde siempre, hombres poderosos que limpian culpas en confesionarios o sesiones psicológicas a costa de desprecios y ninguneos.
Benedicta crió a las niñas entre trabajos mal pagos y viviendo donde se podía.
No se sabe cómo pero en ese paraje rural de María Grande Maruca conoció a Felipe Cravero y se enamoraron.
Toto no pudo dar muchas vueltas con el noviazgo con la joven María Ramona. No se lo permitía el tiempo, las necesidades económicas y menos su padre, Giacomo. Y mucho menos su madre Elena.
Las costumbres familiares arraigadas por los padres de Toto, traídas desde Piemonte, Italia, limitaban cualquier paso en falso de aquel muchacho, de ojos verdes cristalinos, delgado y pelirrojo.
Se casaron en el pueblo. Cuatro de sus cinco hijos nacieron allí, pero los escasos jornales, las largas penurias, las extensas jornadas laborales y la inequidad entre el sudor y el sueldo, redefinió el destino no sólo de Toto y Maruca, sino de todos los Cravero nacidos y criados en María Grande.
Entre 1958 y entrado los 60’ todos los hermanos del matrimonio de Giacomo Cravero y Elena Borgogno se fueron mudando a Paganini.
En 1959, Maruca vino a vivir a Granadero Baigorria, embarazada de su hija menor, Ana, la única baigorriense nacida en la ciudad.
Ella, su esposo y sus hijos se instalaron en la localidad costera con el propósito de mejorar la calidad de vida, a costa de trabajo, sacrificios y querencias.
Después vino la mudanza a la casa de calle Santa Fe. Esa que reunió a todos desde siempre. La casa de los abuelos.
Con la llegada de los nietos todo se fue amainando. La calma y la seguridad laboral de Toto en la comuna les fue dando un panorama más claro.
Maru quedó viuda en 1993, pero el dolor había llegado antes. En 1990, una tarde magra de verano, su hijo mayor, la luz de sus ojos, el primogénito de una saga de sufrimientos y alegrías había muerto de un paro cardíaco mientras trabajaba en una de las areneras de la ciudad.
El fallecimiento de aquel que lleva mí nombre, o mejor dicho del cual yo llevo su nombre, el homónimo eterno Hugo Cravero, la marcó para siempre.
La sentencia de que ningún padre está preparado para enterrar a sus hijos se puso en letal práctica en el matrimonio Cravero Franco.
Toto jamás pudo reponerse de la ida de Hugo. Su salud se vino abajo, seguida por el desbande familiar que ocurrió con los hijos de éste, que comenzaron a rodar por casas de tíos, pero fundamentalmente en el hogar de calle Santa Fe, la casa de los abuelos.
Maruca y Toto volvieron a ser padres. Acomodaron la humilde vivienda para cobijar a los que pudieron. Rearmaron sus vidas tranquilas para no dejar a nadie afuera, a pesar de las tristezas y los vacíos imposibles.
Maruca sacó fuerzas de los fondos propios del alma, contuvo a sus nietos y los crió con la misma templanza con lo que ya había formado a sus cinco hijos.
En esas tardes frescas de otoño en que pude acompañarla, la mujer embebida en un batón de colores gastados, de mirada triste y hundida, en medio de su patio de árboles y plantas, siempre detenía su tejido para poder recordar a ese otro Hugo, tan cercano a mí.
De mí frágil adolescencia vuelven a mí mente sus lágrimas ante la injusta búsqueda de porqués. Pero también llega la fortaleza de la pequeña nona que de ningún modo flaqueó en lo que se debía hacer a pesar de todos los males.
Cómo se puede reducir en pocas palabras la historia de la mujer que nos dio la vida, nos marcó las pautas y nos dijo “es por acá”.
Cómo, si me vuelven sus mates dulces con azúcar quemada, cáscaras de naranjas secadas al sol. Sus anécdotas del Baigorria que fue y su María Grande natal. Su admiración a Perón y Eva.
Nona querida, nosotros, los que quedamos por estas pampas terrenales seguiremos buscando esa melodía de respeto y dignidad. Una senda que deberá continuar su paso al recordarte y homenajearte.
En estos momentos necesito con urgencias creer que hay algo más. Un cielo o cosa parecida, para que allá te pongas al día con tú hijo amado y tu viejo, nuestro nono Toto.
Y puedas ser feliz, para siempre. En la inmensidad universal de los tiempos.






