Coco estaba ahí.
Con una cuchara de madera gigante, en medio del ambiente más grande del departamento, revolviendo una sangría que no iba a tomar.
Los concurrentes le dábamos las instrucciones:
-Más azúcar
- Un poco más de vino
- Metele limón
Él sólo se limitaba hacer el elixir y nosotros de dar el visto bueno. Había dejado de beber hacía poco y su voluntad llegaba hasta ahí.
Eran los 25 años de Pablo y en el dos ambiente del amigo en común de Capitán Bermúdez había tanta gente que aún no sé cómo entramos.
Esa noche conocí a Coco Contreras. Hace casi 30 años.
Luego fueron años de amistades compartidas, de charlas interminables y encuentros donde la música siempre estuvo allí, presente.
Miguel Coco Contreras era percusionista. No podría afirmarlo, pero casi seguro que su debut en los medios lo tuvo a mediados de los 80' cuando tocaba la batería en Canal 5 en el Show de Pepe Payaso y Ratontito, un programa de tele donde había juegos y mucho humor.
Allí Coco hacía distintos sonidos que los animadores necesitaban para la audición. El más recordado fue el cañón, un juego telefónico donde el participante apuntaba a un centro con varias puntuaciones para ganar hasta un 0 km. Ahí el músico hacía sonar su redoblante con toda estridencia.
Su juventud la paso entre sus aventuras y la percusión, que estudió con devoción y respeto. Su rumbo musical no tenía fronteras y sus gustos fueron exquisitos.
Conocía de jazz, de bossa, de rock, de folclores latinoamericano, no ritmos hindúes, de sonidos africanos. Era un erudito en lo que hacía. Un autodidacta que nunca puso el ego ante su capacidad de generar música con cualquier cosa.
Comer un asado con él era un momento de risas y ritmos. Hacía compases con un tenedor. Sacaba una melodía con un inerte palo golpeado sobre una base, al compás de chisteos.
Su pasión lo acercó a otros genios como él. No hubo músico o artista de la zona que no lo conociera. Su generosidad lo hizo estar en agrupaciones, coros, puestas artísticas de la provincia y el país.
Su búsqueda lo encontró atento a los males sociales. A los padecimientos del otro.
Ahí lo halló la pandemia. Creyendo en falsos escribas. A cobardes que en lo absurdo convencen a las buenas almas.
La última vez que almorzamos volvió a plantear su negativa a vacunarse, hizo referencia a un supuesto plan conspirativo mundial para que creamos en algo que no estaba pasando.
Un libreto orquestado por otros que ni creen lo que dicen, pero que son eficaces al momento de comunicar.
Que quede claro.
A Coco Contreras no lo mató coronavirus.
Lo asesinó la desinformación.
Su muerte, y de tantas otras, no fue a causa la falta de vacunas ni insumos médicos. Los responsables fueron los que nunca pagan por tomar de asalto a la población en su candidez.
Coco murió de Covid – 19, el mediodía del domingo 26, porque tomó de la decisión de no inocularse contra el mal que aflige la humanidad argumentando falacias hablada por otros.
Hace unos meses ensayando la Cantata Chaná en la casa de Ale Cepeda, junto a su hermano Gabriel, y otros músicos, Coco no paraba de hacernos reír. No recuerdo bien dónde andaba la cosa, pero no nos podíamos concentrar.
En esos ensayos truncos de una cantata aún no estrenada, Coco intentaba un ritmo para que Gaby rapeara una de las canciones de la pieza artística. La cosa no salía y se inició una zapada que involucró canciones de Spinetta y de Los Palmeras.
Este locutor, limitado a leer textos de la magistral obra del Dúo Eliseo, fue testigo de una maravilla fuera de guion.
Ahí terminé de entender los tremendos músicos que son los Cepeda y lo inmenso que fue Coco Contreras.
Él hombre de tez morena, algo bajo pero morrudo creía en otras vidas tras el breve paso por este universo.
Había subido sus creencias a su cotidiano andar. En su saludable compromiso con el medio ambiente.
Muchos hoy lo despiden desde ahí. En el encuentro en otros mundos, más justos y agradables.
Otros solamente le agrademos desde su obra humana y musical.
Querido Coco, hasta el próximo acorde.
Es imposible despedirte amigo.
Jamás se dice adiós a un ser sin fin.






