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Jueves, 31 Octubre 2019 Opinión política

Promesas para octubre, hechas en marzo

Por Hugo Cravero, licenciado en periodismo, director Grupo Urbano, militante del Partido Comunista Argentino


Rosario se presentaba hostil y frío. Opaco como suelen ser los otoños litoraleños.

Pero para ella la lluvia, intermitente y helada, estaba hacía más de tres días. Los meses después de los despidos masivos en la empresa donde fue jefa de ventas, la rápida ida de los pocos fondos y las urgencias de su hija de 8 años cuando no hay nadie que acompañe noches y días en la crianza, la empujó a vender prendas y ropas por las calles, con la dignidad inquebrantable de los que no se dejan vencer ni un tantito así.

Ella, menuda, de cutis trigueño, de ojos negros, profundos y tristes, de un pelo que delataba un pasado cuidado de peluquería, cuando la vida era otra y los lujos algo natural, venía de llantos atragantados, de preguntas irrespondidas, de certezas perdidas.

Fue en esa mañana cuando me la crucé. Sus medias palabras intentaban venderme unas taloneras y remeras, y su otra mitad verbal quería explicarme el motivo de la venta, de su salida callejera para poder empardar la comida diaria, la del abandono de la empresa, de su antigua vida, de sus penas, de su niña escolarizada y las premuras. Ella, que venía de contenidas cuadras, encare por encare, se desarmó ante mí.

“Mirá lo que tengo que hacer. Era jefa de compras en la firma que trabajaba. Todos quedamos en la calle. Toda gente grande. A mí edad adónde voy a conseguir trabajo”, dijo, mientras me ofrecía, entre un rostro desencajado en llanto, unos zoquetes de colores vivos para los nietos.

Aún no sé cómo llegó el abrazo, llorar juntos, y la promesa mutua de cambiar la realidad, de hacer lo imposible para que nadie sea desperdicio de un gobierno neoliberal y sus políticas para una manada de sinvergüenzas en desmedros de las mayorías. De trabajar para unirnos de norte a sur, de este a oeste, desde el mar a las montañas, para ganar, una vez más, el futuro.

No le pregunté su nombre, ni ella supo el mío. Nuestro encuentro fue unos minutos breves en el centro rosarino, pero eterno justo para estos días de triunfo colectivo.

Por ella, y por todos los que resistieron sin bajar los brazos, van estas líneas para jurarnos ser mejores, para que el neoliberalismo sólo sea una etapa oscura de la patria, de la cual nunca más se deberá regresar.