Gran Rosario, Sábado, 20 Enero 2018 06:01

Lunes, 08 Enero 2018 21:29

Ofrecer el corazón

La Colmena, el espacio cultural, social y educativo de Baigorria, tiene sólo 9 meses de vida y ya cuenta con más de 20 talleres para todas las edades. Medio millar de alumnos asisten de lunes a sábados al lugar donde la solidaridad y el compromiso son la base para pensar y construir otra sociedad

 

Un padre baja del auto apresurado de la mano de una nena de unos 8 años envestida con delantal infinitamente blanco y un cuadernito de vistoso forrado. El hombre entra a la Colmena y se confunde con otros padres y madres que repiten la escena despabilando la tarde siestera del barrio Centro baigorriense. El enjambre humano es en minutos, escasos, pero sólidos en ese sábado de finales de noviembre donde los olores de primavera ribereña siguen en el aire de nuestra tierra bendita.

Unos van y otros vienen. Unos ingresan a clase de cocina infantil y otros salen de apoyo escolar. Ese manojo de pibes es parte de los 500 alumnos, niños, adolescentes, adultos y adultos mayores que asisten al Espacio Cultural Social y Educativo La Colmena, de calle Rivadavia 159, un lugar donde el amor anida los mejores conjuros colectivos.

El 9 de abril pasado La Colmena abrió sus puertas. Pero quedaríamos a mitad de camino si sólo pusiéramos el inicio del emprendimiento en el otoño del 2017. La idea de un sitio para el desarrollo cultural de la ciudad nació en conjunto. Entre los que estuvieron en sintonía con la década donde todos ganamos, inclusive aquellos que aún despotrican con el control remoto del plasma en la mano.
Ana Paula Milo, una de las integrantes de La Colmena la sintetizó como: “Un espacio que nos permite llevar adelante las políticas que veníamos llevando, en menor medida, en la gestión municipal de Alejandro Ramos, para todos los vecinos de la ciudad. Con una mirada inclusiva y así generar oportunidades igualitarias para todos y todas”.

Los que participan desde el primer momento del centro cultural baigorriense nunca niegan su pertenencia política, vinculada con lo mejor que dejó el kirchnerismo y movimientos sociales del país. Desde allí se paran y proyectan sus ideas colectivas para la sociedad. Por eso Ana Paula afirma que: “Cuando ya había pasado un año de la nueva intendencia (de Adrián Maglia), y ya más o menos teníamos acomodadas nuestras vidas, sentíamos como un vacio en nosotros. Pero además lo veíamos en la comunidad. Faltaba un lugar para desarrollar un proyecto de inclusión”
Los que hacen posible la Colmena se enorgullecen por lo hecho y por contar lo que quieren hacer en el futuro cercano. Sentados en el patio de la vieja casona de los Bianchi de calle Rivadavia, un añejo caserón chorizo de principio del siglo pasado, similar a tantos otros que poblaron el paisaje semirural de Paganini, Lucía Montini, otra de las colmeneras, se hace inmensa al decir que: “Entendemos al trabajo social como un espacio de contención. Y con esa prioridad creamos esto”.

En rigor en diciembre de 2016, lo que alguna vez formaron Baigorria Joven, militantes de base de varias expresiones populares de la ciudad, peronistas, comunistas, artistas, docentes, entre otros, se asociaron en el amor y conspiraron lo mejor que se puede y tomaron la decisión de reencontrarse, ponerse hombro con hombro y darle marcha un sueño, que por esos días no estaba claro. “Entonces quisimos tener un lugar, sin saber bien qué íbamos hacer”, continúa diciendo Ana Paula. “Y apareció esta casa, que era una tapera, que estaba abandonada. Y vinimos, la vimos y dijimos. ‘Sí, ya está. Si laburamos todo el verano la vamos a dejar de pie’. Y así fue. Desde enero hasta abril la reciclamos. Sacamos 5 volquetes de basura, pintamos las aberturas, las paredes, arreglamos los pisos, revocamos”.

Desde el pie. Desde los escombros la casona centenaria volvió al esplendor, ahora cargado de risas, cantos, juegos, música. Cada uno de los que pusieron un granito para la Colmena, palparon poco a poco el nacimiento de algo que aún no estaba muy definido. Sabían que iba a ser un espacio cultural, pero qué y cómo se iba a desarrollar era una incógnita y un desafío. Para Ana Paula la remodelación del arcaico edificio, el contacto con los compañeros, que cada fin de semana del verano pasado, fueron a revocar, pintar, limpiar lo que iba hacer La Colmena hizo que se empezara a pensar el espacio. “Y eso estuvo bueno. Porque allí, mientras arreglábamos el caserón íbamos pensando qué hacer. Se nos fue generando ideas, se fue sumando gente. Se contagiaron amigos, compañeros y venían a colaborar”, dijo la ex concejala. “Y así nace la idea de talleres culturales. Hubo compañeros que venían y decían que podían hacer talleres, sumar conocimiento. Y cuando inauguramos explotó, se acercaron más talleristas, más artistas”, agregó Milo.

Cuando el 9 de abril se inauguró a la comunidad, aun persistía la idea de hacer talleres sólo dos días a la semana. Error de cálculo o necesidad popular insatisfecha por el estado municipal. La cuestión que a medida que pasaron los meses, La Colmena se llenó de contenido. Y no ha parado de crecer.

En la actualidad hay más de veinte talleres para todos y todas. Los profes cobran de lo que se recauda de las cuotas que los alumnos abonan. Pero vale decir que en La Colmena no hay restricciones. La solidaridad no es un adjetivo de moda, sino que hay pibes que son becados si no pueden pagar, o se les hacen precios especiales según sea la posibilidad de pago de los asistentes. La idea es la inclusión, y lo llevan adelante.

También es bueno decir que se han realizado varias peñas para poder recaudar dinero para la mantención de la casa y gastos extras que se tienen. En esos encuentros musicales y culturales también la asistencia ha sido masiva.

La Colmena trae consigo lo mejor de cada uno de nosotros. Cargado de luz. Su nombre refleja la sana intención de su destino. Según contaron a éste periodista la idea del nombre la tuvo una compañera que trabajó, como tantos otros, durante las tardes de sábado y domingo de la estiva anterior. En medio de la faena laboral, en los parates de refrigerio y mate, el bautismo era otra inquietud. Se decían nombres; La Trinchera, El Enjambre, La Resitencia, etc. Había nombres hasta en lengua charrúa. Hasta que a Haydeé se le ocurrió La Colmena. Una síntesis tan simple y enorme, como son las cosas bellas.

Atravesando el umbral de mediados de la segunda década del primer milenio, en Granadero Baigorria, ciudad litoraleña, de transitar aun lento, hay un territorio donde podemos sentirnos felices y orgullosos. La Colmena, ejemplo a seguir y multiplicar.

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