Gran Rosario, Lunes, 18 Diciembre 2017 13:16

Jueves, 30 Noviembre 2017 13:53

La dignidad en Tierra Prometida

La toma de los terrenos al norte de Camino Perdido trae consigo una historia de solidaridad, compromisos y reclamos postergados. Ésta crónica intenta reflejar los hechos y los sueños de los vecinos

 

No podemos decir que todo empezó la mañana helada del 23 de junio de éste invierno, cuando casi una centena de familias tomaron los terrenos lindantes al norte a la barriada del Camino Perdido.
Tampoco se puede afirmar que fue espontaneo, frio como el invierno de Granadero Baigorria que castigó, como de costumbre, la zona costera. La decisión fue un acto de hartazgo por la desidia y las medias mentiras o medias verdades.

“Nos cansamos de pedir que nos mejoren el barrio. Que nos arreglen la única calle por donde transitábamos, que nos corten el pasto y limpien el terreno de adelante (el actual lote tomado). Siempre prometían y hacían las cosas a medias. Un día dijimos basta, y luego de muchos amagues, tomamos las tierras”, dijo Joana, una joven madre, de voz dulce y serena, con la templanza y seriedad justa para no perder los estribos.

El Camino Perdido es un asentamiento irregular que data de por lo menos 30 años de existencia. Al comienzo los moradores ocuparon el sector sur de la calle Panamá, la continuidad de la calle Brown de barrio San Miguel de Granadero Baigorria que fue interrumpida en 1935 cuando se llevó adelante la ejecución de la obras de las vías terraplenas pertenecientes en la actualidad a Belgrano Cargas. Esa construcción partió al medio el viejo Pueblo Paganini, delimitando durante décadas el fin de la zona urbana y el comienzo de la zona rural. La calle Panamá era el viejo camino a Ybarlucea, transito por carros y caballos en las décadas del 20 y del 30.

Nadie recuerda cómo llegaron los primeros vecinos. Quién dio el dato para ubicarse sobre una calle pública, pero la cuestión es que por finales de 1986 y principio de 1987 se empezaron a limitar los lotes y levantar los primeros ranchos, en su gran mayoría, de adobe y paja.

Poco a poco el arrabal se fue poblando y extendiendo. Desde las vías altas hacia el oeste, por unos 700 metros lineales, las casas se fueron construyendo. Cuando el predio de la calle Panamá se ocupó se empezó usar el zanjón que está a la vera de las vías y la continuidad de la calle Asunción, que empieza en el barrio Nuestra Señora de la Paz y que corre de sur a norte.

Unas 100 familias se ubicaron como pudieron en el Camino Perdido, también llamado por muchos como Camino Muerto. Los nuevos vecinos fueron acomodando sus casas a fuerza de trabajo, como así también las condiciones generales del país a principio de siglo. Los ranchos ya no eran ranchos. La estabilidad laboral, en muchos casos, y la llegada de la Fundación Techo con sus casitas, viviendas pre fabricadas de madera, de tres metros por seis y asentadas sobre pilotes, con techo de chapa zinc y aislantes, lograron que el barrio mejorara sus condiciones de vida. Pero al hacinamiento en los hogares, con familias superpobladas y el destrato del Estado hizo estallar la rebeldía en los más jóvenes del lugar.

Junto al Movimiento Evita, La Fundación Techo acompaña a los vecinos para lograr una condición de vida más adecuada para todos. Comenzaron a trabajar en el Camino Muerto por 2015 bajo las normas del viejo programa Vivienda de Emergencia, realizando casas para aquellas familias más necesitadas. Pero con el paso del tiempo se comenzó un proceso de revisión hasta llegar, junto a la comunidad, a diagnosticar las problemáticas que más golpeaban al barrio, para así llegar a las más prioritarias.
Desde ese entonces nació el espacio de organización comunitaria y con ella el espíritu solidario de los vecinos fue haciéndose más notorio, para sorpresa de todos. La opción de vivienda fue dejada en un segundo plano para pasar un conflicto que unía a todos por igual: mejorar los caminos para que en tiempos de lluvia y barro, los chicos no tengan que sufrir las consecuencias.

Camino Perdido es una suerte de U. Las casitas bajas siempre abrazaron el extenso terreno lindante de 6 hectáreas. Esos campos hoy tomados sí tienen dueño, a diferencia de los del Camino. En el fisco aparece como propietario la empresa Solukat CORP, una sociedad que se dedica al negocio inmobiliario. Solukat pertenece a la familia Bensadón, ex propietarios de la extinta tienda rosarina llamada La Buena Vista.

No es dato irrelevante sumar a este informe que la empresa Solukat es la misma dueña de La Calamita, el centro de detención de personas que funcionó en Baigorria en la última dictadura cívico militar. La Calamita y los terrenos están separados por una calle, es por eso que parte del Camino Perdido también se lo llama Camino Calamita, pues parte de la barriada se ubica en línea recta a la quinta.

“Nosotros varias veces intentamos tomar las tierras. Era como una amenaza para que nos vengan a limpiar el terreno, cortar el pasto, levantar la basura”, relata otra mujer del vecindario. Son casi todos jóvenes, no pasan los 30 años. La mayoría están en pareja y tienen hijos. Es por eso que el reciente asentamiento es una mixtura de casitas de chapas y madera, rodeados de niños y padres con caras de niños.

“Acá había mugre. Ratones y víboras. Íbamos a la municipalidad o al concejo y no nos daban la pelota suficiente. Nos cortaban el pasto en el Camino Perdido, nos arreglaban un poco la calle, y nos sacaban la basura del terreno, pero después pasaban meses de nada. Y otra vez la basura, los ratones, las víboras”, comentó Lucas, un flaquito de unos 20 años que el paso del tiempo hizo estragó en su aspecto físico. Tiene tres hijos y encara la vida con el compromiso de seguir ante todo.

La lógica del gobierno municipal de Baigorria era simple. Los vecinos de Camino enviaban notas, se acercaban a medios locales con el reclamo, amenazaban con la toma, inclusive hasta se marcaban lotes y se plantaban casas de chapas, y recién allí llegaban las máquinas comunales a trabajar en la barriada. Una constante que durante años les sirvió a los punteros políticos baigorrienses para negociar votos en años electorales y descomprimir posibles problemas.

“Pero esta vez nos cansamos e hicimos lo que hace tiempo teníamos que haber hecho”, se confiesa un muchachito que no llega a cubrir su cara con una barba adolescente que lo quiere hacer mayor de lo que es.
Luego de volver a la rutina de eterna, los vecinos de Camino Perdido habían logrado la pírrica batalla de la limpieza del terreno a tomar. Las montañas de basura, mucha de ellas de los mismos habitantes del barrio y otra traída hasta ahí por comercios de la zona que arrojaban sus desperdicios a plena luz del día, habían sido parcialmente tapadas o recolectadas. Las maquinarias comunales habían cortado la maleza. Pero en esta oportunidad, no volvieron esperar otros seis meses, repetir la plegaria y convivir con alimañas y pestes. Entonces los más jóvenes, los hijos de los pioneros del Camino Perdido, repitieron la hazaña popular y avanzaron sobre las tierras que alguna vez les sirvió de patio y potrero. Una plaza imaginaria de juegos y escondidas.

Todo fue vertiginoso, rápido y eficaz. No se sabe quién dio la voz de inicio, pero arrancó el primero y la patriada de las masas más humildes del Camino Perdido terminó siendo colectiva y tomaron los lotes. Luego, la novedad se transmitió de inmediato y en menos de doce horas el predio, que era una gran extensión baldía, se había ocupado de un centenar de familias, ya no sólo del Camino, sino de todos los barrios de Baigorria que también son parte del déficit habitacional que hay en la Argentina.
“Acá hay de todos lados. Pero la mayoría son de Baigorria y del Camino Perdido”, relata Joana y continúa comentando que: “La gente que vino son familias que vivían agregados en la casa de algún pariente o alquilaban como podían, pero ahora que está todo mal, que está faltando laburo, muchos ya no tenían dónde estar, Así que se vinieron para acá”.

Ese viernes 23 de la toma, todo parecía un caos. Por un lado los matrimonios jóvenes del Camino armaban ranchos de chapas y palo, o “mudaban” sus casas que Techo había construido en la barriada. Por otro, un ir y venir de autos y chatas destartaladas con paneles de madera, tirantes y más chapas para armar una vivienda donde se pudiera.

En medio de ese momento la organización fue de la mano de la solidaridad, que sólo parece estar cuando uno está en el fondo. Sin mediar conflicto alguno, los nuevos residentes fueron demarcando lotes y limitando un terreno con el otro. El código de la necesidad, la mirada única de la búsqueda de un hogar en común unión, junto a la posibilidad de crear un destino colectivo, fue lo que prevaleció por encima de todo y todos.

“Acá en el barrio hay por lo menos dos familias que no podían pagar más el alquiler y se vinieron. Ahora están construyendo sus casas con materiales, que lo compran con esa plata que la destinaban a alquilar”, comenta Lucas. Este es el denominador común en la toma. Laburantes todos, precarizados e informales, que ahora pueden pensar en su casa, a los tumbos, pero con un valioso sacrificio.

Pero a su vez tienen una capacidad de organización que debería ser imitado por gobernantes y por cualquiera de nosotros. No sólo pudieron marcar los lotes sin conflictos vecinales, sino que hay normas de convivencias en la centena de familias. Un par de lotes fueron usados con la intención de poner un kiosco (búnker) de ventas de drogas, pero los vecinos lo sacaron. “No queremos eso acá. Bastante mal se habla del Camino Perdido y la toma sin saber. Mejor no le demos excusas”, cuenta Joana y remata: “No queremos eso para nuestros hijos”.

El cuidado y el cariño entre vecinos de toda la vida y los nuevos inundan éstas líneas. Durante años no sólo se pidió mejoras para Camino Perdido, también agua potable, iluminación pública, entre otros servicios. El agua fue traída a las cansadas con unas canillas públicas, pero la luz no. En menos de un mes de toma de manera cooperativa, los residentes compraron caños de PVC, canillas, columnas de alumbrado, cables, focos y llevaron al flamante barrio agua y luz. Entre todos reunieron el dinero necesario y lo lograron.

“Nosotros le pusimos Tierra Prometida al barrio. Porque somos hebreos, corridos de todos lados, despreciados, ninguneados, pero dignos de tener nuestro lugar donde vivir y desarrollar nuestras vidas”, destaca con un grado de valor y humanismo Joana.

“En el barrio todos somos laburantes, jóvenes padres que sólo queremos que se nos respete y nos dejen vivir en paz”, sostuvo Lucas, que además de vivir en ranchito identificado con el número 64, milita en el Movimiento Evita y lo exhibe orgulloso con una bandera que no para de flamear feliz e inquieta en la tarde ventosa de agosto.

Si pudiéramos resumir ésta crónica se podría preguntar cuánto es la tolerancia que puede tener un vecindario ante el olvido y apatía de los gobernantes de cualquier color político nacional, provincial y municipal. Sólo así se podrá entender la razón de la toma de los terrenos lindantes al norte del Camino Perdido, tras 30 años de usurpación de vecinos que no encontraron décadas atrás una respuesta a la falta de viviendas.

Detrás de la ruta, detrás de las vías bajas, detrás de las vías altas, detrás del zanjón, detrás de Granadero Baigorria, atrás de todo, hay una forma de escribir dignidad, con ojos jóvenes, deseosos de un futuro mejor para el próximo, para todos y entre todos. En tiempos donde parece que solidaridad es sólo un adjetivo, en Tierra Prometida es una acción cotidiana, con valores necesarios para construir un destino entre iguales.

 

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