Gran Rosario, Martes, 17 Octubre 2017 06:22

 

Lunes, 09 Octubre 2017 16:21

Las huellas de la Zwi Migdal en Baigorria

El cementerio hebreo en ruinas y los conventillos de San Fernando, cuentan una historia de nuestra ciudad. Rufianes, trata de mujeres y la complicidad política en la década del 30 en pueblo Paganini

 


Caminar por el derruido cementerio hebreo de Baigorria denota el ocaso de algo que fue fastuoso. El esplendor de lo que ya no está, que se ha ido al cajón de los olvidos necesarios. Las callejuelas son habitadas por las 144 tumbas, caídas por el tiempo ladino, el descuido y el abandono.
Es casi imposible creer que muchos de los inertes cuerpos que allí ya son polvos y huesos apolillados, fueron, en muchos casos, hombres poderosos. Dueños de la vida y la muerte. Rufianes proxenetas que vendían y compraban mujeres como una mercancía útil para sus perversos negocios.
Llegué a la necrópolis una mañana helada de éste invierno. El encargado comunal, que me abrió el panteón hebraico, poco y nada sabía en referencia al lugar.
- Un hombre de Mar del Plata o Bahía Blanca, cuando en verano va para Córdoba, pasa por Baigorria y viene acá. Antes me llama y me dice que va a pasar. Yo le abro el cementerio y él se queda ante una de las tumbas. No sé ni el nombre, pero es el único que todavía viene a visitar algún familiar -, me dice Enrique, el responsable del camposanto tratando de resumir algunas de mis consultas constantes. En sí no es el único que visitó el lúgubre predio recientemente, el año pasado una organización judía, cree que rosarina mi entrevistado, llegó con niños al predio e hizo una visita más educativa que rememorativa.
Parece una mueca del destino, una inquietante similitud de desencuentros, porque no sólo no he conseguido el dato de ese familiar, que en soledad visita el terreno sacramental, sino que no pude saber cuál es la entidad que lleva a niños a visitar el espacio casi demolido. Todo parece sentenciar al cementerio judaico al total olvido, más temprano que tarde.

No se puede dejar de hablar del cementerio talmúdico sino no lo combinamos con la existencia de las casas de tolerancias, que funcionaron en Granadero Baigorria a mediados de la década del 30’ del siglo pasado. Paganini, como así se llamaba la ciudad lindante a Rosario por entonces, era un pueblo de algo más de mil personas, despoblado y rural.
La comuna sobrevivía como podía, a los tumbos.
- Paganini era pobre. La comuna tenía un solo empleado, ni el edificio comunal era propio, se alquilaba. La realidad económica era difícil -, me dice Raúl Zavattero, historiador local que intenta hacerme entender por qué se aceptó la llegada de dos prostíbulos a la ciudad, cuando Rosario los erradicó luego que el intendente Esteban Morcillo y el concejo hicieran la ordenanza nº 7, del 29 de abril 1932, anunciando el fin de los puteríos para el 1º de enero de 1933 en todo el ejido de la localidad.
Era la década infame, donde conservadores gobernaban con fraudes y terror, luego del derrocamiento del gobierno constitucional de Hipólito Yrigoyen, atravesado por la debacle financiera mundial. Hacía unos años que la temible Zwi Migdal estaba desenmascarada. Raquel Libermann, una polaca valiente pudo escapar de la esclavitud que era sometida y denunció la trata a los medios. Fue el principio del fin de la asociación que escondía sus labores detrás de una mutual de ayuda a judíos.
En ese contexto fue que llegaron a la comuna tres madamas, y esposas de caftenes reconocidos de Rosario, a solicitar la autorización de la creación e instalaciones de dos prostíbulos en la ciudad.
A días que Rosario votara la ordenanza del fin de las casas públicas en toda la localidad vecina, “Rosa Weisman, Rosa Prais y Anita Baran de Smit, solicitaron el permiso en la comuna de Paganini para instalar dos casas de tolerancias”, sigue contándome Zavattero para comprender cómo fue que se autorizó el emplazamiento de los quilombos.
- Llega la solicitud y la comisión de fomento, que la formaban Juan Sala, Gumersindo Zuloaga y Pascual Pierini, hace una reunión con las fuerzas vivas del pueblo. O sea, la policía, personas destacadas de la ciudad, comerciantes, docentes y el cura. La verdad no se sabe qué opinó el cura párroco, pero la cuestión es que el 28 de mayo, un mes después de que las mujeres llegaran con la solicitud, la comuna de Paganini autorizó el desembarco de los prostíbulos - continúa narrando el hombre que cuenta historias de Baigorria con una precisión admirable por su brillante memoria, porque muchos casos que relata los vivió, y otros, como el de los puteríos, por la reconstrucción que ha realizado a través del tiempo.

Desde finales del siglo XIX la Zwi Migdal, con el nombre de La Varsovia, traía desde los países pobres de Europa del este a jóvenes para prostituirse, en muchos casos engañadas con el discurso de un futuro mejor. Las actividades delictivas se habían desarrollado no sólo en la Argentina, sino también en Brasil y Estados Unidos. Pero fue nuestro país el centro operacional de su siniestra labor, destacándose la ciudad de Buenos Aires y especialmente Rosario. Con el contubernio de políticos, periodistas y policías, los rufianes expandieron el negocio proxeneta de manera extraordinaria.
Paganini fue su último espacio de lucro. El fin de la Zwi Migdal. Pero eso no significa que la asociación no tuviese recursos económicos incalculables. En sólo 6 meses, de junio de 1932 a finales de ese año, los proxenetas hicieron construir en el barrio San Fernando dos prostíbulos en medio de la nada. Dos casonas imponentes, hermosas, con detalles europeos, revestimientos de primera línea y decoraciones de importación, se alzaron en tiempo récord.
Estimado lector quisiera que hiciese un ejercicio imaginario. San Fernando, el barrio al extremo noroeste de Granadero Baigorria en la actualidad, casi fue un pueblo independiente de la administración baigorriense y de Capitán Bermúdez. El gobierno provincial no aceptó la petición, en la primera década del siglo XX, de la creación de una comuna en el extenso loteo y todo quedó detenido, sólo campo durante años. En medio de todo este entuerto dos hermanos judíos, de apellido Duckler, polacos y dueños de dos prostíbulos en la zona de Pichincha en Rosario, compraron casi la totalidad de la barriada.
Allí, en plena pampa, fue donde la Zwi levantó sus últimos burdeles, a 100 metros de la ruta nacional 11, actual Avenida San Martín, por calle 25 de Mayo.
- Eso era campo, o sea que no sólo se tuvo que construir las dos casas, sino que también hubo que abrir la calle (25 de Mayo) que por entonces no estaba ni marcada - recuerda Zavattero.
La llegada de las casas de citas dio vida a la zona norte de Paganini. Negocios paralelos se habilitaron, como pequeños barcitos para el refrigerio de los asistentes o parrillas. También había vendedores callejeros que ofrecían desde cigarrillos a preservativos. A su vez se consiguió la extensión de la línea de colectivo número 57 de Rosario, llegando el primer micro urbano de pasajeros a la ciudad ribereña.
Los burdeles eran una gran masa recaudativa para la comuna con la inspección que desde el municipio se les hacía, de manera obligatoria, a las pupilas para prevenir enfermedades venéreas. Durante los casi 5 años de funcionamiento fue el mayor ingreso para el erario estatal, triplicando en muchos casos a lo recaudado mensualmente en el cementerio local. Se puede afirmar que fueron años de esplendor para la comuna de Paganini que pudo hacer el edificio municipal, arreglar calles y barrios, crear puestos laborales y construir la plaza 9 de julio de barrio Centro, como me lo recordó Raúl Zavattero en la nota dada para éste trabajo periodístico.
No se sabrá, quizás, jamás la vinculación de los rufianes con el poder político de Paganini, pero es casi seguro que había algún grado de convivencia. León Duckler, uno de los judíos que era dueño de los terrenos donde se levantaron los prostíbulos, era un polaco feroz y boxeador.
- Era de baja estatura, como su hermano, blanco de piel - lo recuerda Alfredo Secondo, vecino y ex intendente de Baigorria que supo conocerlo siendo él un niño.
León era un tipo egocéntrico y enérgico, que solía terminar sus diferencias por medio de los golpes. Irónicamente la plaza de barrio San Fernando se llama León, en “homenaje a su buen nombre”. El “Ruso”, como también se lo conocía desapareció una década después del cierre de las casas de citas del barrio del que fue dueño, sin saberse más de él, como lo afirman Mabel Borga y Laura Resta en su libro “Pichincha y después. El ocaso prostibular”.

La autorización de la creación del cementerio judío en el predio del camposanto comunal también relata esa convivencia entre políticos de Paganini y los proxenetas. Estos cafishos israelitas habían sido expulsados de la comunidad por sus prácticas desleales. Los judíos argentinos fueron cerrándole las puertas a los tmeiin, impuros según sus creencias, a pesar que su poderío económico quisiera comprar voluntades y desvíos ante conductas y formas de hacerse “la América”. Rufianes y madamas, vinculados a la Zwi Migdal y asociaciones similares, no eran aceptados en sinagogas y cementerios, siéndoles imposible practicar su religión, que irónicamente seguían ejerciendo.
Así fue que un año después de haber solicitado la constitución de los quilombos en San Fernando, el 4 de abril del 33’ miembros de la “Unión Hebraica” pidieron a la misma comisión de fomento la instalación de un cementerio de “Rituales Hebreos” en el predio de la necrópolis municipal. La asociación mutual de socorros mutuos, que sólo tuvo ese rol social en sus años de existencia, logró el pedido. La nota original fue firmada por varias de las mujeres que habían pedido la habilitación de los burdeles, por el nombrado León Duckler y Saúl Friedman, que a su vez hacía de rabino en una sinagoga que tenía en Güemes 2965 de la ciudad de Rosario, en la zona donde estaban los burdeles, según lo refleja Héctor Zinni y Rafael Ielpi en el libro “Rufianismo y prostitución”. Éste Friedman fue quien llevó adelante las prácticas de entierro en cada deceso, como así lo decía una placa, hoy desaparecida, en el osario.
No hay referencias que vinculen la Zwi con la Unión Hebraica, pero no puedo dejar de lado todos los datos y nombres que se repiten, rufianes que luego fueron enterrados en el cementerio judío de Baigorria.
El espacio sacramental, que fue ubicado en un principio lejos del cementerio municipal, pero que el tiempo y las urgencias hizo que hoy linden muro de por medio, está a la buena de “Dios”. Es por eso que han desaparecido objetos de gran valor como bañaderas de mármol, donde se higienizaban los cuerpos antes de ser sepultados, placas de bronce con agradecimientos, ornamentaciones en tumbas, entre otros elementos. Una de las placas manifestaba que Anita Baran de Smit, una de las mujeres que pidió por los burdeles, era la donante de parte de los elementos necesarios para llevar adelante los rituales velatorios.
Según el trabajo publicado por Mabel Borga y Laura Resta en el cementerio hay 144 tumbas y se puede encontrar a tratantes de blancas vinculados a prostíbulos rosarinos, la Zwi Migdal y a la Aquenasum, otra organización delictiva que fue desprendimiento de la anterior citada.
En 1959 la Unión Hebraica entregó a la comuna de Granadero Baigorria el cementerio para que el estado local se hiciera cargo del mantenimiento del terreno. A cambio la entidad le entregó la mitad de la propiedad que estaba sin usar, para que la administración pudiera vender nichos y perpetuas. En 1971 fue enterrado el último cuerpo y de allí a hoy, la nada invade el espacio que ni la muerte acude.

En 1937 la legislatura provincial sancionó la ley de profilaxis que prohibió las casas públicas en toda Santa Fe. Un tal Pascual Cianciullo compró las casonas y las hizo conventillo. De a poco San Fernando se fue loteando y poblando, y los burdeles se llenaron de familias inmigrantes y criollas. Seguramente más de una de las chicas, de las 166 registradas por la comuna de Paganini, habrá seguido “atendiendo clientes”, ya sin la Zwi Migdal pero seguro con el rigor de algún fiolo. Es más, en el libro ya nombrado de Borga y Resta se relata el pedido, esta vez al revés, de la comuna denunciando, entrada la década del 40’, que en los conventillos sanfernandinos, entre glicinas, malvones y familiones, alguna que otra mujer seguía ofreciendo placeres por dinero, atentando a la moral y todo el verso que años atrás se le hacía la vista gorda.

Los dos conventillos han sobrevivido mejor que el cementerio. El de la esquina de Marcos Paz y 25 de Mayo, el que fuera el prostíbulo de mayor valor, hay varias casas recicladas y justo en la ochava hay una coqueta peluquería que asiste una hermosa morocha a la que no quise molestarla al preguntarle si sabía que había sido el espacio donde ahora le lava la cabeza a una veterana deseosa de estar bella para un cumple de quince a festejar.
El otro quilombo, que estaba detrás del primero, por calle Colón, fue parte derrumbado, pero hacia al norte el actual dueño lo embelleció de manera tal que es imposible no volver a los años de hidalguía y belleza arquitectónica.
En fin. Será así, entonces. Eso que el pasado es un muerto que vuelve hablando de lo que fue y será. No sé qué fueron de todas las pibas que no pudieron zafar de esos miserables hombres. Tampoco se sabe de muchos de ellos, qué fue de sus vidas, de sus fortunas. No puedo cerrar ésta crónica sin nombrar a tanto testaferro que habrá limpiado la plata sucia de sangre e inocencia vejada, muchos de ellos anónimos de la historia y la condena.
Lo que sí sé es que no sólo quedaron construcciones vetustas, remozadas o remodeladas; un cementerio que nos atemorizó de niños por sus leyendas ocultas y el mote de barrio marginal a San Fernando. Quedó una historia necesaria de ser contadas a través del tiempo.
Un relato vigente que une a las injusticias de entonces con las actuales.

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